Nuevas militancias y formas de acción

JORGE ROCHA/La Jornada Jalisco

Frente a la crisis multidimensional que estamos viviendo (política, económica, social, cultural y ambiental), la presencia y efervescencia de los movimientos sociales se amplía y diversifica su espectro de demandas, sectores sociales implicados, modos de proceder, formar de concebir el mundo y el futuro, métodos de acción y la manera de auto concebirse como colectivos en lucha. En este proceso la izquierda institucional (ligada a los partidos políticos) que aspira a tomar el poder político o las organizaciones no gubernamentales (ONG) que tuvieron su apogeo en la década de los 90, parece que ya no son los modelos únicos de organización y que incluso ya mostraron claramente sus límites. Las y los jóvenes nacidos en los años 60, 70 y principios de los 80 nutrieron estas formas de organización y algunos se dedicaron profesionalmente a estas causas, ya sea militando en un partido de izquierda, a través de una ONG; y algunos casos desde allí pasaron a las filas de los organismos públicos autónomos o a los gobiernos de alternancia y ahora conforman algunos de los escasos ejemplos de miembros sensatos y dialogantes de la clase política.

En esta diversidad creciente de movimientos sociales, hay un sinnúmero de nuevas formas de militancia que muy poco tienen que ver con estos modos institucionalizados de lucha social. Jóvenes nacidos a mediados y finales de los años 80; y principios de los 90 están generando nuevas formas de hacer política que rompen con los esquemas anteriores y que por su sola existencia se convierten en un serio cuestionamiento a las formas convencionales y ortodoxas de organización social que siguen manteniendo buena parte de la izquierda institucional y de las ONG.

Algunas de las particularidades que desde mi perspectiva distinguen a estas nuevas militancias son: primero, que no privilegian ni se “casan” con ningún modelo de organización para la lucha, tienden a ser flexibles con la membresía y con los tiempos destinados para la participación, se permiten enrolarse en más de una causa y se institucionalizan en la medida de que la acción lo requiere, pero más bien se prefiere no hacerlo. Esto se liga al segundo aspecto que los diferencia, y es que la mayoría de las y los nuevos militantes no pretenden vivir profesionalmente de las causas que enarbolan y defienden más bien que la militancia es una parte de su vida y trabajan o estudian en la mayor parte de su tiempo. La creación de cualquier figura asociativa legal (asociación civil, cooperativa, entre otras) queda subordinada a las necesidades de la acción y no al revés como en muchos partidos y ONG, donde la acción queda subordinada al mantenimiento de la figura asociativa. Al no aspirar a vivir de las causas, se produce como consecuencia una libertad de acción que a veces no tienen las figuras institucionalizadas.

Tercero, la acción del colectivo se convierte en el centro del proceso, es lo que otorga la identidad de grupo y es el punto que une a todos los miembros del movimiento. La identificación ideológica y doctrinal pasa a un segundo plano y no es el referente fundamental de toma de decisiones. No se trata de estar totalmente de acuerdo en las visiones y perspectivas, ni de apropiarse de un discurso único y homogéneo, sino estar plenamente de acuerdo en la acción a desarrollar. Hay quienes a una misma acción le pueden dar un sentido antisistémico y anticapitalista y quienes lo pueden considerar la reivindicación específica de un grupo social. Cuarto, la lógica de acción de estos colectivos se genera con base en redes sociales, donde la solidaridad y la comunicación es la clave del trabajo conjunto. No hay debates ni imposición de agendas de un movimiento a otro y tampoco la conformación de grandes frentes o coordinadoras que luego dicten las acciones a realizar desde las dirigencias. La horizontalidad se impone y los liderazgos suelen ser más diversificados y difusos; y por consiguiente no suelen configurarse protagonismos personales, que luego puedan ser objeto de cooptación. Quinto, las personas que se ubican en estas nuevas militancias no se conciben como los facilitadores y asesores de otros movimientos sociales, más bien se autoconsideran como los actores sociales que demandan el cumplimiento de sus propios derechos en los espacios de su vida cotidiana, y que además trabajan en torno a sus procesos de consolidación de su autonomía. No mediatizan la acción de otros, no se convierten en sus representantes y mucho menos transforman en proyectos de financiamiento el apoyo y asesoría a otros movimientos sociales. Sexto, buena parte de las acciones de las nuevas militancias utilizan las herramientas tecnológicas y de comunicación para avanzar en sus demandas, crean redes en el ciberespacio, buscan adeptos entre los que consumen este tipo de productos e inventan formas creativas para difundir sus causas sociales en las que incorporan la dimensión lúdica. Se crean blogs, portales, se accede al Facebook y al Twitter y a la vez se realizan festivales en contra de acciones de gobierno. Séptimo, estos colectivos se alejan de las pretensiones mesiánicas de salvar al mundo y se focalizan en los avances y logros concretos de corto y mediano plazo en el espacio local. Incluso se plantean acciones en perspectiva de resistencia despendiendo del contexto en el que esté inmersa la acción del colectivo. No hay grandes discursos, más bien acciones específicas y concretas.

Hasta aquí una reflexión que seguramente será incompleta y en algunos puntos cuestionable, pero que pretende aportar al debate en torno a las nuevas militancias y sus estrategias de acción, que sin duda cuestionan de manera profunda las formas como se concibe y se actúa en el espacio social de parte de la izquierda institucional y de un buen número de ONG. La primera sacudida la dieron los movimientos sociales indígenas, la segunda llamada de atención proviene de estas nuevas formas de hacer la militancia. Habrá que seguir reflexionando en torno a los aportes de estos colectivos.

jerqmex@hotmail.com