Albert Einstein modificó para siempre la concepción colectiva de la realidad

La vida es como andar en Bicicleta, para mantener el equilibrio, se tiene que estar en constante movimiento, A. Einstein

En 1905, a los 26 años, presentó la Teoría de la Relatividad; en 1921 le otorgaron un Nobel de física

JUAN NEPOTE (Primera parte) nota completa La Jornada

De padres judíos alemanes nació Albert Einstein el 14 de marzo de 1879, en la pequeña ciudad de Ulm, al sur de Alemania. “Nunca se vuelve a ser tan inteligente como a los dieciséis años”, solía decir el físico Leo Szilard, quizás por ello justamente a esa edad Einstein abandonó –o fue expulsado– sus clases de preparatoria en el Instituto Luitpold, entorpeciendo los planes que su padre, Hermann Einstein, tenía para él: finalizar los cursos, aprobar los exámenes, obtener el diploma que le permitiría entrar en una universidad pública para estudiar ingeniería, y entonces, finalmente, estar en condiciones de ayudarle en la pequeña fábrica familiar que, para mala fortuna de Hermann, acababa de quebrar apenas un año antes, por cuarta ocasión.

La oficina de patentes

La familia se mudó a Italia, donde Einstein vivió un año sin muchas preocupaciones vagando por las poblaciones cercanas a Milán. Luego de ese periodo se animó a volver a buscar suerte en la escuela, aprobando sin muchos méritos el Abiturium, examen oficial que permitía el ingreso a la educación superior en los países europeos, y que en el caso de Einstein le valió la entrada a la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, Suiza, un ambiente sin la rigidez pedagógica de su natal Alemania, en una época –los albores del siglo XX– en que era posible encontrarse con personalidades como Lenin, James Joyce, Trotsky, Rosa Luxemburgo, el grupo de los futuristas y los dadaístas, en loca cafés de Zúrich. Un auténtico punto neurálgico de la sociedad cosmopolita europea.

Sin mucho empeño, Einstein terminó por graduarse como físico (el padre supo conformarse con que su hijo no fuera ingeniero) en 1900. Pero como había pasado más tiempo dedicado a leer cualquier libro menos los de sus cursos, a navegar días enteros y a compartir las horas con la única mujer que entonces estudiaba física en la Politécnica Federal, Mileva Maric, no fue sencillo para Einstein encontrar una plaza de trabajo en alguna universidad: lo único que pudo conseguir fue un trabajó temporal como profesor en la Escuela Técnica de Winterhur, a media hora de Zúrich. Cuando estaba desesperado y sin ningún plan para su futuro, Albert Einstein recibió la recomendación del padre de su excompañero Marcel Grossman para poder ser aceptado como “examinador técnico tercera clase” en la Oficina de Patentes de la ciudad de Berna, donde su labor consistía en corroborar que los cientos de propuestas que llegaban a la oficina bajo la etiqueta de “inventos”, incluyeran una descripción escrita que fuera comprensible y suficiente.

Einstein aceptó el trabajo porque no tenía otra opción. Además, se enteró de que su novia, Mileva Maric, estaba embarazada. Pero en aquella oficina de infinitos y rutinarios trámites, entre el desfile de toda clase de artilugios creados para revolucionar el mundo, Albert Einstein aprendió que “los conceptos más complejos normalmente pueden reducirse a un conjunto de principios simples y fundamentales.” Aún más, el alejamiento del mundillo académico fue un elemento indispensable para que Einstein fuera protagonista de uno de los periodos más notables en toda la historia de la física, entre 1900 y 1926. “La mayoría de las ocupaciones prácticas”, reconocía Einstein, “son de tal índole que un hombre de capacidad normal puede realizar lo que de él se espera. Su existencia día con día no depende de iluminaciones especiales. Si tiene intereses científicos más hondos acaso se abisme en sus problemas favoritos además de hacer el trabajo que de él se requiere. No tiene por qué oprimirlo el temor de que sus esfuerzos no conduzcan a ningún resultado. Yo debí a Marcelo Grossmann una de estas afortunadas situaciones”.

Un siglo para Albert Einstein

Ningún otro científico ha logrado impactar a sus colegas como Albert Einstein: justo cuando el desarrollo de la física había llegado a tal grado de sofisticación admirable, al punto de consolidar un cuerpo de conocimientos coherente, el científico alemán supo escribir cinco trabajos a la revista Annalen del Physik en los que presentó a teoría de la relatividad especial, terminó de establecer la naturaleza cuántica de la luz y demostró las particularidades del movimiento browniano. Tenía 26 años de edad y ninguna fama que le antecediera. En 1915 afinó su Teoría de la Relatividad general y en 1921 obtuvo el premio Nobel de física “por sus aportaciones a la física teórica, y especialmente por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico”. Por su propia naturaleza, el aparato teórico de su trabajo era difícil de comprobar en la práctica, por lo que aparecía siempre rodeado de un aura de asombro e incredulidad, hasta que la observación minuciosa de un eclipse en 1919 hizo creer a todos que Einstein tenía razón.

Ninguna otra imagen del “típico científico” se halla tan sedimentada en el imaginario colectivo como la del genio con la cabellera invenciblemente blanca y desorganizada, como llovida, acompañado de cuanto personaje célebre existió en la sociedad de mediados del siglo pasado, o tocando despreocupadamente el violín, o veloz y zigzagueante sobre una bicicleta, o sacando la lengua ante la provocación del fotógrafo, por-que-los-científicos-también-son-personas-que-hacen-todo-eso; pocas personalidades tan seductoras como la imagen del sabio que hablaba de cosas inimaginables antes de su existencia.