¿A quién beneficia el subsidio a la gasolina?

Urbanismo a nivel de peatón
Contaminación
Colaboración de Nicolas Acosta
Escrito por Rodrigo Díaz

¿Habrá un país en el mundo donde circulen tantas Hummer como en México? Lo que hasta hace poco era un placer vedado para algunos futbolistas, artistas y narcotraficantes ahora es una moda que se extiende velozmente entre todos aquellos que gustan de andar en la calle sin pasar inadvertidos. Lo interesante es que este vehículo, disfuncional a la ciudad como ningún otro, ha contado con el apoyo sostenido y entusiasta de todos los contribuyentes para su popularización, y esto gracias a un subsidio cuya existencia cada vez cuesta más entender.
Pieza destacada del museo del estado benefactor y aún defendido fervorosamente por izquierda y derecha, por esas cosas de la vida el subsidio al precio de la gasolina goza de mayoritarias simpatías en México, o al menos dentro de su clase política, que hasta el momento lo sigue conservando sin pensar mucho en su real impacto y utilidad. Arguyendo un fin social, y a pesar de todas las recomendaciones internacionales al respecto, las autoridades mexicanas se niegan a eliminarlo bajo el pretexto que sin éste la economía se vuelve tremendamente volátil, existiendo el peligro que la inflación se dispare en el país por una brusca alza en el precio internacional del petróleo.
Según un orgulloso comunicado de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de junio de 2008, gracias a este subsidio el precio de la gasolina al mayoreo que vende PEMEX es un 20.2% inferior al precio internacional, mientras que en el caso del diesel esta diferencia llega al 45.2%. En términos totales, sólo durante el primer trimestre de 2008 el subsidio alcanzó a casi 55 mil millones de pesos (algo así como 4 mil millones de dólares), habiéndose proyectado un total anual de 200 mil millones de pesos (15 mil millones de dólares). Es decir, no estamos hablando de bolitas de dulce. Aunque el comunicado fue hecho meses antes que el precio del petróleo se desplomara en todo el mundo pero no en México, es un hecho que la gasolina ha estado más barata en este país que en el mercado internacional la mayor parte del tiempo.
Sin querer contrarrestar el argumento macroeconómico antes citado, defendido por no pocos economistas, lo que sí queda claro es que el subsidio tiene diversos aspectos negativos, y que en el ámbito urbano, al menos en la ciudad de México, sus consecuencias son sencillamente funestas.
¿Por qué es negativo el subsidio a la gasolina en la ciudad de México?
  • Porque fomenta la compra de más automóviles, provocando consigo un aumento en la congestión vehicular con el consecuente detrimento en la calidad de vida de todos los capitalinos. Cada año se suman alrededor de 250 mil nuevas unidades al parque vehicular de la ciudad, las cuales sencillamente ya no caben, a menos que se siga con la absurda y millonaria construcción de segundos, terceros y cuartos pisos, que no hacen más que dilatar por un breve tiempo la solución definitiva al problema. En momentos en que las políticas oficiales apuntan a fomentar el uso del transporte público y de medios más sustentables como la bicicleta, el subsidio a la gasolina envía un mensaje contradictorio a la ciudadanía, premiando a aquellos que prefieren movilizarse en sus coches particulares, especialmente a los propietarios de vehículos más grandes y gastadores, que de no existir el subsidio probablemente optarían por modelos más económicos y menos contaminantes.
  • Porque es tremendamente regresivo, beneficiando principalmente a los sectores de ingresos medios y altos, que son los que más consumen gasolina. Aunque la ciudadanía que se moviliza en transporte público también se ve beneficiada pagando una tarifa más baja, el gran ganador es quien usa su automóvil particular hasta para ir a comprar pan a la esquina. En este sentido, vale la pena preguntarse si no valdrá más gastar los 200 mil millones de pesos anuales en planes y programas que sí están directamente enfocados en los que más los necesitan, y no en un subsidio cuyos beneficios se diluyen en personas que pueden cubrir la totalidad de sus necesidades de su propio bolsillo.
  • Porque ayuda a aumentar la contaminación atmosférica de la ciudad, producto no sólo de tener más automóviles circulando en la ciudad, sino de la cada vez mayor cilindrada de éstos y de la mayor congestión que provocan, factores que hacen que la cantidad de elementos contaminantes en el aire se multiplique. Esto cobra especial relevancia hoy en día, cuando el escenario de crisis económica internacional ha impulsado a muchos mexicanos a comprar automóviles usados importados de Estados Unidos, más baratos que los nuevos pero de tecnología menos eficiente y mucho más contaminantes. En este sentido, un estudio difundido por la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores (AMDA) señaló que este tipo de automóviles gasta en promedio un 115% más de gasolina que un vehículo nuevo, contaminando tres veces más.
¿Qué se puede hacer entonces?
Como se dijo anteriormente, en México las políticas de transporte son tremendamente ambiguas, puesto que en las palabras fomentan el uso de la locomoción colectiva, pero en los hechos proveen todos los incentivos imaginables para poseer un automóvil particular, en lo posible bastante grande. Esto puede que no sea un problema en ciudades pequeñas o en el ámbito rural, pero en una megalópolis como la ciudad de México constituye un drama de marca mayor. Para solucionarlo, la única alternativa es implementar medidas que desincentiven el uso del automóvil, las cuales pasan necesariamente por sincerar el real costo de circular en la ciudad contemporánea. Las urbes que han decidido tomar el toro por los cuernos han adoptado medidas que reflejan esto, como la instalación masiva de parquímetros o la tarificación vial, medidas muchas veces impopulares pero generalmente bastante eficientes. Sobra decir que en ninguna de ellas se subsidia la gasolina, fijándose a lo sumo un fondo de estabilización del petróleo que regula su precio en caso de que éste suba, y que es financiado con las ganancias obtenidas cuando el precio internacional baja respecto a un valor de referencia fijado con anterioridad.
Algunos lectores sostendrán que las restricciones que sufren los automovilistas en esta ciudad ya son suficientes, arguyendo además el viejo mito – tan viejo como falso – que México es el único país donde se paga impuesto a la tenencia de automóviles, y que por último poseer un carro es un derecho irrenunciable de todos los hombres, tanto como el derecho a la vida y a la libre expresión. Un breve recorrido por internet les demostrará que no son pocos los países donde se tiene que pagar algo parecido a la tenencia todos los años (España, Colombia, Guatemala y Chile son algunos ejemplos), y que un análisis comparativo entre megaciudades demuestra claramente que los costos de circular en la ciudad de México están muy por debajo de los estándares de las urbes de países desarrollados.
Eliminar el subsidio de la noche a la mañana sería una locura, pero los negativos impactos anteriormente expuestos aconsejan su gradual eliminación, tal como de manera tímida y velada se está haciendo hoy. Para reducir los efectos en el bolsillo de los más pobres se puede establecer un sistema de subsidios focalizados al transporte público, los cuales se pueden acompañar con incentivos para la introducción de fuentes alternativas de energía, como biocombustibles, cuyos negativos efectos en el medio ambiente son mucho menores. Lo que no puede suceder es seguir manteniendo en el tiempo una medida que ya está más que comprobado que no beneficia a sus supuestos destinatarios, favoreciendo a aquellos que más congestionan, más contaminan, y menos necesitan de la ayuda fiscal.