Junto al mar, sobre dos ruedas


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La bicicleta es un objeto mágico capaz de despertar bellísimas sensaciones en quien la monta. Si a ello se le añade un recorrido legendario, un paisaje abrupto y hermoso, la suma da un resultado perfecto: los Caminos del Norte que, paralelos a la costa, llegan a Santiago de Compostela. Recorrerlos es sufrirlos, pero también amarlos.

Texto | Fotos: Gontzal Largo/ Vía El Mundo.es
Ocho consejos, trucos, tramos con encanto y playas carismáticas del Camino del Norte para ciclistas.
1. Se hace saber...



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Cuando se habla del Camino del Norte, se tiende a mezclar confusamente los senderos que discurren junto a la costa Cantábrica y conducen a Santiago. En realidad, sólo hay uno oficial –los oficiosos es otro cantar- que se bifurca al llegar a tierras asturianas. Uno de ellos, el de Oviedo, pasa a llamarse el Camino Primitivo pues es el que inauguró el rey Alfonso II el Casto en el siglo IX. El monarca astur fue uno de los primeros peregrinos en acercarse a Santiago al poco de descubrirse los presuntos restos del apóstol: oficializó la senda que ya existía, la inauguró, cortó la cinta pero no salió en la foto. Casi como si fuera un político del siglo XXI. El otro Camino Costero ignora estas premisas históricas y prosigue junto al Cantábrico -apegado a los pueblos pesqueros, la gastronomía marinera y las playas- pasando por Gijón y Avilés hasta el pueblo lucense de Ribadeo.
La razón de ser de estas vías era, por un lado, peregrinar lo más alejado posible de los campos de batalla en los que se estaba librando la Reconquista. Por otro, proporcionar unos cauces de comunicación con la ciudad gallega a todos aquellos peregrinos que llegaban por mar a Jacobsland –así se le llamaba a la Península Ibérica en el medievo- desde diferentes puntos de Europa como Inglaterra, Alemania o Francia. Deba, Laredo o Gijón fueron algunos de los muchos puertos que eran testigos de la llegada de caminantes por mar.
2. Aviso para navegantes y ciclistas
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A diferencia del Camino Francés, en los Caminos del Norte, la norma es la homogeneidad paisajística. Y las pendientes, los sube y bajas, los rompepiernas. Aquí no hay mesetas ni secarrales ni campos de secano y, por supuesto, ni cochinillo asado. Lo que se impone son los prados, los bosques sombríos, las montañas de altura modesta junto al mar, los senderos embarrados, las calzadas vecinales asfaltadas -las más habituales a lo largo de todo el trayecto-, las fantásticas panorámicas de la costa y las nubes acechando en cualquier esquina- en lo que es un bucle continuo desde Irún hasta Santiago. La magia de las travesías del Norte radica ahí, en su constancia. Aquí no hay puertos épicos de montaña como O Cebreiro en Galicia o los de Cize en la frontera franco-española ni amplias llanadas palentinas, sino un modesto ejército de montañitas y colinas que sólo se revolucionan un poco en la Asturias más profunda. Las sendas de costa son una apología del canje constante de platos y piñones. En otras palabras: es más duro para el pedaleo pero también un gozo para los ojos del que, habitualmente, se mueve con la bici por parajes mediterráneos, extremeños o castellanos.
3. ¡Ciclistas al barco!
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Uno de los grandes atractivos del Camino del Norte es aquello que trajo de cabeza a los peregrinos medievales: las desembocaduras de los ríos y las bahías. En el siglo XXI, la inmensa mayoría son superados gracias a modernos puentes, lo que no ha impedido que todavía se puedan salvar arterias acuáticas como antaño: a bordo de una barcaza. Hay paseos ultrabreves como el de la motora que une Pasajes San Juan con Pasajes San Pedro a través de un espectacular fiordo (en Guipúzcoa); y otros más largos y pausados como el de las pedreñas que parten de Somo y cruzan la bahía de Santander hasta la capital cántabra. La embarcación que une Laredo con Santoña atraca en la misma playa del Puntal y aunque caminar por la arena y acceder al barco a través de la pasarela con la bicicleta y las alforjas puede antojarse engorroso, merece la pena el periplo.
Pero, sin duda, la más singular de todas las barcas es la del Puente Vizcaya (popularmente conocido como Puente Colgante) de la desembocadura del Nervión. Aunque el camino oficial manda a peregrinos y ciclistas por la margen izquierda de la ría, es muy recomendable abandonar Bilbao por la margen derecha, rumbo Deusto, Erandio y, finalmente, Getxo. A lo largo de una quincena de kilómetros se obtiene un completo traveling de los barrios-dormitorio de la capital vizcaína, los esqueletos de la actividad siderúrgica y las secuelas del volcán industrial que fue, años atrás, esta parte de Euskadi. En Las Arenas (Getxo) hay premio: cruzar el puente colgante a bordo de la barca colgante, junto al resto de vehículos para llegar a Portugalete. La experiencia es, a día de hoy, única en el planeta.
4. Breve bestiario de tramos gozosamente inhóspitos
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Los anglosajones tienen dos palabras para designar la soledad: por un lado, solitude que es aquella premeditada, ansiada e, incluso, placentera. Por otro, loneliness, la involuntaria, la que puede desgarrar el alma. Quien busque la primera, gozará como un niño en una serie de tramos que, aún estando rodeados de progreso y civilización, consiguen aislar casi por completo al peregrino. Ello, sumado a un menor goteo de caminantes y ciclistas, hacen de esta ruta la idónea para aquellos que buscan la cacareada autenticidad que, algunos defienden, ha perdido el Camino Francés. Por ello, aunque las guías recomienden tomar alternativas de carretera, merece la pena ascender desde Olatz al collado Gorostolamendi (que divide Guipúzcoa de Vizcaya) aunque haya que empujar la bicicleta un buen trecho. La sensación de paz hasta llegar a Markina-Xemein es inigualable en todo el trayecto. Igual de mágico es el andadero-carril bici que parte de Pobeña (Vizcaya) rumbo Cantabria y corre casi asomado al mar, aunque para llegar a él haya que cumplir penitencia arrastrando al bici por un largo tramo de escaleras. El ascenso desde San Salvador de Valdediós hasta el Alto de la Campa es una pequeña orgía de plato pequeño que pasa por la aldea de Vallina Oscura -con preciosos y primitivos hórreos- y nos muestra la Asturias profunda.
5. Aquí hay playa
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Un viaje junto a la costa tiene premio seguro: playas. Los Caminos del Norte regalan unas cuantas desde el minuto menos uno. ¿Menos uno? Sí. No es una mala idea acercarse desde Irún hasta la vecina Hendaya, en Francia, para catar su famosa playa con broche de lujo: acantilados y farallones rocosos que parecen haber sido sisados del filme Los Goonies. El abanico de arenales es amplio y a gusto del consumidor. La Arena en Muskiz (Vizcaya, en la frontera con Cantabria) tiene un aire inocente y, a la vez, post-industrial como si hubiera protagonizado un episodio de Los Simpson. En Somo, merece la pena pedalear al norte, en busca de la kilométrica playa homónima que se junta a la de Loredo y el Puntal. La playa de Oyambre es un aperitivo perfecto cuando se circula entre Comillas y San Vicente de la Barquera; o la de Vidiago, rocosa y escondida entre los pliegues de montes cercanos a Llanes. Si se opta por el camino Primitivo, merecerá la pena hacer un alto en la playa de La Espasa, entre Ribadesella y Colunga: será el último arenal antes de que el sendero se introduzca en tierras de interior.
6. Combustible de 98 octanos
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La alimentación -copiosa y solemne- es el consuelo del ciclista y la gasolina que hace posible (y placentero) el pedaleo durante horas. Cada maestrillo tiene su librillo y cada peregrino, sus fetiches gastronómicos. Hay quien ha visto la gloria con las palmeras gigantes de hojaldre (cuya superficie es mayor que la formada por dos pies de talla 45 juntos) que dispensan en la cafetería Royal situada en el corazón de Unquera (Cantabria); a quien le ha salvado de una pájara los copiosos (y económicos) menús de tres platos de La Ballera en Villaviciosa (Asturias) o quien nunca olvidará un desayuno a base de tortillas (tiene una legión de ellas, todas diferentes) y café en el bar La Belmontina de Oviedo, frente a la Catedral. Pero, sin duda, el premio del que más mima al peregrino se lo lleva Tinín, que regenta con alegría y pasión la Nueva Allandesa, ilustre casa de comidas situada en Pola de Allande, pueblo que prologa el Puerto de Palo. No hay mejor combustible para enfrentarse a la principal altura (1.150 metros) de todo el Camino del Norte que su fabada o el pote asturiano.
7. Cómo llegar al Obradoiro a lomos del velocípedo
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Una vez se han recorrido pedaleando los ochocientos y pico kilómetros y se está a las puertas de la plaza del Obradoiro, muchos ciclistas desmontan y recorrer los últimos metros de Camino a pie. ¿Lo hacen por devoción? No, porque el túnel y el tramo de escaleras que permite el paso entre la Catedral y el Pazo de Xelmírez es poco apto cuando se lleva 10 kilos de equipaje en las alforjas. Quien quiera llegar pedaleando hasta la deseada plaza –evitando las escaleras, claro- sólo tiene que dejarse llevar por la calle Azabachería, ignorar las indicaciones que conducen al túnel, seguir bajando por la calle Val de Deus hasta llegar a la calle San Francisco. Una vez en ésta, a la izquierda, espera el Obradoiro y la gloria.
8. Cómo salir de Santiago con el velocípedo a cuestas
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Tras el viaje, toca regresar a casa y empaparse de las diferentes opciones para mandar el velocípedo a casa. Iberia (www.iberia.com) se ha embriagado de perfume jacobeo y solidario y permite a los peregrinos ciclistas facturar gratuitamente la bicicleta (75 euros que se ahorran), aunque hay que cumplir a rajatabla las normas de embalaje que impone. Las empresas de mensajería que trabajan en Santiago son otra buena opción, aunque dependiendo de las fechas (y de la seriedad del negocio) la máquina puede tardar una semana en llegar a casa. Tanto en la Oficina del Peregrino como en el Albergue del Seminario Menor suele haber anuncios y folletos con ofertas y formas de contacto. En los autobuses de Alsa (www.alsa.es) llevar la bicicleta sólo supone un recargo de 10 euros más sobre el precio del billete. La gran ventaja es que el embalaje no tiene que ser tan aparatoso como en el avión y se puede controlar el trato que recibe la bicicleta.

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