“La bicicleta se convirtió en mi única y verdadera amistad” Henry Miller



Puede ser que cuando uno escucha el nombre de Henry Miller, lo asocia de inmediato a la literatura erótica o quizás recordar aquel triangulo amoroso que sostuvo con su esposa June y la escritora Anais Nin o verlo como una figura influyente dentro del mundo Beat.
Pero hoy queremos recordarlo como un simple ciclista urbano, el cual llega a decir que “La bicicleta se convirtió en mi única y verdadera amistad”, interesante frase que me invoca a todos esos momentos en que desplazándome en bicicleta mi mente va
divagando por distintas situaciones, pensando en nuevas cosas, mis sentidos se van multiplicando y yo me voy diluyendo con el entorno para ser parte del todo y eso puedo lograrlo cuando viajo en bicicleta.
También se me ocurre pensar que el Gran Miller, en uno de sus tantos viajes en bicicleta pudo observar lo bello que es ver a una mujer pedaleando, el poder observar partes de sus piernas que se escapan de sus faldas al momento de darle al pedal, el ver su cuerpos moverse sutilmente, armoniosamente y sus cabellos danzando al viento, pudo ser una fuente de inspiración para alguno que otro relato erótico.
Acá les dejo un fragmento de una de sus obras “Los libros en mi vida”;
“Uno de los aspectos más borrosos, confusos y atormentadores relacionados con este recuerdo es que siempre me impone la sensación -¿por quién?, ¿en virtud de qué? – de haber leído esos libros en el barrio de Fort Hamilton (Brooklyn). Se me impone el convencimiento de que todavía están escondidos en la casa donde los leí, pero no tengo la menor noción del sitio donde estaba esa casa, a quién pertenecía ni por qué motivo llegué allí. Lo único que recuerdo hoy sobre Fort Hamilton es haber andado en bicicleta por los lugares hacia los cuales me encaminaba los solitarios sábados por la tarde, en la época en que me consumía un desolado amor por mi primera novia. Como un fantasma sobre ruedas recorría el trayecto de rutina -Dyker Heights, Bensonhurst, Fort Hamilton- siempre que salía de casa pensando en ella. Viajaba tan absorto pensando en ella que perdía por completo la noción de mi cuerpo. por momentos pedaleaba pegado al parachoques trasero de un automóvil que marchaba a sesenta kilómetros por hora y por momentos deambulaba como un sonámbulo. No podría decir que el tiempo haya gravitado pesadamente en mis manos. La pesadez se alojaba enteramente en mi corazón. En ocasiones me arrancaba de la ensoñación el paso de una pelota de golf sobre mi cabeza. En ocasiones la vista del cuartel me llevaba allí, porque siempre que espío viviendas militares, viviendas que los hombres habitan hacinados como ganado, experimento una sensación de repugnancia. Pero también había intermedios -o “remisiones”, si se quiere- agradables. Siempre, por ejemplo, me agradaba entrar en Bensonhurts, donde de niño había pasado días tan encantadores con Joey y Tony. ¡Cómo ha cambiado todo con el tiempo! En esa época, en esas tardes de los sábados, era un joven desesperadamente enamorado, un becerro lunar completamente indiferente a todo lo demás en el mundo. Si me echaba en brazos de un libro sólo era para olvidar el dolor de un amor que resultaba demasiado grande para mí. Mi refugio era la bicicleta. Montado en la bicicleta tenía la sensación de sacar a ventilar mi doliente amor. El panorama que se desplegaba ante mis ojos o que desaparecía a mis espaldas era un sueño perfecto: bien podría haber estado recorriendo una pista en un escenario. Todo lo que miraba sólo servía para recordarme a ella. A veces, creo que para no caerme al suelo completamente desesperado y abrumado, alimentaba esas fatuas fantasías que asaltan a los enamorados, la chispa de esperanza, digamos, de que en un recodo del camino ella me aguardase para recibirme con una cálida, radiante y amorosa sonrisa… pero ella. Si ella no se “materializaba” en este punto, imaginaba que estaría en otro, hacia el cual, con oraciones y esperanzas, avanzaría a toda velocidad, sólo para llegar sin aliento y otra vez decepcionado.”
Fotografía;Peter Gowland

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