la princesa despistada que durante décadas ha dibujado con preguntas que sacan chispas la intimidad de los grandes personajes mexicanos del siglo 20

Si algo lamenta Poniatowska es no haberse querido lo suficiente, no haber sabido defenderse de sus demonios

Silvia Cherem S.
Mural .- Elena Poniatowska, Elenita (París, 1932), la princesa despistada que durante décadas ha dibujado con preguntas que sacan chispas la intimidad de los grandes personajes mexicanos del siglo 20, cuando tiene que aludir a los aspectos interiores de sí misma, a las heridas que sangran, opta por el silencio. Se queda sin palabras desdeñando ser mujer de letras. Enmudece.
De su boca nadie conoce a fondo la penitencia que ha cargado durante una vida, misma que la condena a ser Santa Elena de Atocha. La devota que dispensa caridad. La mujer piadosa que da a manos llenas a los desposeídos, que responde a quien toque a su puerta: la Casa de Paula, en Chimalistac. Tocan sacerdotes que buscan “confesarse” con ella. Tocan pobres con necesidades. Toca una mujer humilde con su niña, se quedó sin hogar. Toca López Obrador pidiéndole apoyo. En esa casa con fama de milagrera, se resuelve cualquier problema. Los contratiempos de todos, menos los de Elena.
Cumplirá 80 años el próximo 19 de mayo y es momento de ponderar éxitos y fracasos, de ventilar obsesiones y dolencias.”Soy negada para eso, difícilmente sé cuánto traigo en la bolsa, soy mala para las cuentas y, aunque siempre me eligen de tesorera porque no robo, yo no sirvo para hacer balances”. Camina con el peso de muchas voces, pero, para evitar ventilar los dobleces de su vida, busca conducir la plática a los sitios comunes de siempre, a la leyenda que la esquematiza como mujer-niña, güerita con suerte. Se refugia en el personaje de cuento de hadas con altas dosis de deslegitimación que ella contribuyó a crear y que otros alimentan.
Cree ser “una pinche periodista” como la calificó su tía Pita Amor, tía incendiaria que recitaba a San Juan de la Cruz enseñando los pechos. La misma que al ver que Octavio Paz acogía a la joven debutante, le dedicó una insultante copla: “No te compares con tu tía de sangre. No te compares con tu tía de fuego. No te atrevas a aparecerte junto a mis vientos huracanados, mis tempestades, mis ríos. ¡Yo soy el sol, muchachita, apenas te aproximes te carbonizarán mis rayos!”
“A mí, como a muchos de los Amor, también se me cruzan los cables entre la lucidez y la demencia. Tengo mucha tendencia a ningunearme y al masoquismo. Es mi defecto de fábrica, me hundo fácil. Muchos no lo creen porque sonrío, pero los demonios están ahí. Su peso no disminuye, se recrudece con los años”.
Nuestra cita era el 27 de abril, para ella día de suerte: el 7 es su número porque su primogénito nació el 7 del 07.
Su agenda estaba saturada, tenía hasta dos eventos diarios para apoyar la candidatura de AMLO. En su devoción al candidato, en su necesidad de cumplirle, no la detiene ni la edad ni el trabajo que se apila sobre su escritorio.
Cuenta que desde que se inició en el periodismo en 1954 ya tenía preocupación por las desigualdades sociales, tanta que su esposo, el reconocido astrónomo Guillermo Haro, se burlaba.
“Si tanto te preocupa la suerte de María, dile que baje de su cuarto, que se venga a dormir aquí conmigo y tú súbete al suyo”.
Esa mañana de la entrevista, Shadow, el labrador negro de su hijo Felipe, intentó evadir la reja del parque de Chimalistac y se quedó ensartado.
“Hoy no es mi día, eso del perro me idiotizó mucho”.
Elena estaba preocupada, había que recoger a Shadow, le cosieron media panza. A cada rato, durante varias horas, se distraía para pedir a Martina, la indígena que trabaja en su casa, y a Conrado, el chofer, instalados en nuestra conversación, que preguntaran por el perro. Cuando se fueron por Shadow a la veterinaria, y nos quedamos solas en compañía de los gatos: Monsi y Vais, logramos pelar las hirientes capas de la cebolla.
“No sé de dónde proviene la culpa”, comenzó.
Hace mil años fue a un psicoanálisis grupal con el doctor Jaime Cardeña. Al cabo de un tiempo le preguntó qué opinaba del trabajo. Elena respondió: “Usted a todos los hombres les dice que tienen que cortar el cordón umbilical, y a todas las mujeres, que somos frígidas”. Al médico no le pareció la respuesta y Elena no volvió. En 1985, después del terremoto, fue con la doctora Celia Hernández.
“Estaba yo de la patada, pasé demasiados días reporteando en la calle y me quedé llorando como muñeca fea. Por idiota, fui sólo a un par de sesiones; no sirvió”.
Ahora va con un nuevo médico, pero sigue atrapada.
“Me exijo demasiado. Paso la vida escuchando a otros, no a mí misma… ¿Por qué será?”.
La edad la orilla a sentirse sola, con pérdidas y miedo ante una realidad de agresión. Desde 2006 que ha apoyado a AMLO, la acosan y hostigan.
“Recurrentemente me hablan por teléfono a medianoche para decirme: ‘puta vieja’ o ‘vieja puta’, que es lo mismo”.
Se cuestiona si hace bien en posponer la escritura viviendo dobles y triples jornadas por cumplir, por ser leal a su afinidad con la izquierda. Quisiera cambiar, pero ya está subida en el barco.
“He sido muy dura conmigo misma, me he negado casi todo. Estudié en un convento de monjas y de cierto modo he seguido siendo una monja que merece castigos, más que recompensas”.
Infancia es destino
Elena nació princesa en Francia, en 1932. La llamaron: Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, largo nombre con el que cargaría lealtades invisibles de su herencia aristocrática, incluyendo el Dolores, lastimosa pena de amor que padeció también su propia madre. Para fines prácticos, fue simplemente Hélène, la primogénita del matrimonio entre Jean Evremont Poniatowski Sperry -descendiente de Stanislao Augusto Poniatowski, último rey de Polonia, amante de Catalina la Grande y obligado a abdicar en 1795- y Dolores Amor Iturbe, a quien le decían Paulette, Paula, porque Dolores y Amor no combinaban, hija de terratenientes mexicanos, propietarios de haciendas que ocupaban casi todo el estado de Morelos, fortuna que se mermó con la Revolución.
“Mi familia era como alma flotante, vivía entre neblina, como en una novela tolstoiana”, le contó en 1975 a María Elena Rico, de la revista Él. Eran familias sin raíces, gente que se sentía que “no pertenecía” porque los Poniatowski salieron de Varsovia cuando la repartición de Polonia para refugiarse en Francia, y los Iturbe y los Amor huyeron a Biarritz durante la Revolución.
Sus padres se conocieron en un baile en casa de los Rotschild, en 1931. Tuvieron dos niñas: Elena y Kitzia. Todo parecía rosa. Elena recuerda cómo ponía sus manitas sobre las de su papá para interpretar a Chopin, o cómo se sentaba a escucharlo componer. Sin embargo, estalló la Segunda Guerra Mundial y todo se trastocó. Jean partió como paracaidista y capitán del ejército francés sin imaginar que a su retorno, seis años después, cuando sus niñas eran mayorcitas, sería otro.
Los abuelos Andrés y Elizabeth, su nuera Paulette y las niñas, abandonaron la inmensa casa parisina, a unos pasos de donde nació Balzac -”Volví recientemente, hoy es la embajada de Turquía, pedí permiso para ver mi inmenso jardín de infancia, aún estaba el árbol con el que de niña platicaba”-, y se refugiaron en Les Bories, en una mansión entre campos de lavanda. La mamá de Elena continuamente partía a llevar heridos en las ambulancias y las niñas, supervisadas por innumerables nodrizas y por su institutriz, Mademoiselle Garach, sentían el vacío. Elena vivió una educación severa.
“Al modo en que se vivía en estas grandes familias, siempre con intermediarios”.
Comenzó así su tormento de sentirse pequeña.
“Era dócil y solitaria, obediente, con una inseguridad bárbara, demasiado chaparra de acuerdo con los estándares de mi familia. No cumplía con el mundo al que pertenecía”.
Su estricto abuelo Andrés asumió ser su mentor.
“A Kitzia, que es un año menor a mí, la dejaba jugar en los jardines. Sólo a mí me imponía difíciles tareas”.
El abuelo era un intelectual rodeado de celebridades, escribió De un siglo a otro y De una idea a otra. Conoció a Debussy y a Mallarmé; fue amigo de Paul Valéry, de Sacha Guitry y del General Maxime Weygand. A Elena le enseñaba a leer y escribir, e imposibles problemas matemáticos.
“Nadie en mi entorno sabía resolverlos, iba con los jardineros, los cocineros, los ayudantes… no dormía de la angustia de no saber. Desde ahí empieza mi complejo: no estar a la altura, no hacer bien la tarea. Ser chiquita. Fallar”.
‘This is Mexico’
En 1942, su mamá decidió partir a México con sus niñas de 9 y 8 años, alejarse del conflicto bélico. Pidió a los abuelos que cuando terminara la guerra, Johnny -su esposo, Jean- fuera por ellas. Elena no sabía que tenía raíces mexicanas.
La abuela Elizabeth Sperry Crocker, norteamericana descendiente de la familia de Benjamin Franklin, pegó el grito en el cielo.
“Siempre habíamos vivido juntos y no superó que nos fuéramos. Era amorosísima, la pintó Boldini, quien, como Sargent, pintó a las mujeres más bellas de la época”.
Antes de la partida, la abuela intentó detenerlas. Tomó un National Geographic y les mostró las imágenes de unos negros con los pechos hasta el suelo, un hueso en la cabeza y múltiples perforaciones.
“You see children, this is Mexico”.
La madre no se dejó intimidar. Tomó el trasatlántico Marqués de Comillas en Bilbao. Al llegar a La Habana, quisieron poner a las niñas en cuarentena en el deplorable campamento migratorio de Trisconia, y doña Paula no se dejó: “Así no se trata a unas princesas”. Tras dos días de sol y agua bañándose en calzones en el Caribe, llegaron en un avión bimotor a Veracruz, donde las esperaba la abuela Lulú: Elena Iturbe, viuda de Pablo Amor. Las acogió en su casona de la Ciudad de México, Berlín 6, en la Colonia Juárez, donde vivía con 22 perros callejeros, todos con nombre de ópera.
“Me sorprendió mi abuelita. En Francia había dejado a una cabecita blanca de vestido largo y aquí me topé con una señora de pelo rojo con canotier de paja ladeado sobre la cabeza. Nos recibió con dos enormes muñecas: una para Kitzia, otra para mí. Fue una figura providencial, viví con ella muchos años”.
Elena estudió de tercero a sexto de primaria en el Colegio Windsor, donde perfeccionó su inglés reverenciando cada mañana a la reina: “God save the Queen”; y luego, medio año de primero de secundaria en el Liceo Franco Mexicano, una escuela que le fascinó. Su hermana Kit- zia se impuso, no le gustó el Liceo, y motivó a su madre a que las mandara al Convento del Sagrado Corazón de Eden Hall en Torresdale, cerca de Filadelfia, donde estaban dos de sus primas.
“Debí haberme quedado en el Liceo, tenía mucho mejor nivel y era laico, pero ¿para qué me lamento?”.
Su papá llegó en 1946. Era un desconocido. En La Flor de Lis alude a aquel padre que dejó de ver: “antes inventado, ahora de a de veras”, que se convirtió en “un hombre tímido, inseguro… que no conoce el camino, no sabe por dónde entrarle a la vida”, un ser “que tiembla desde que se levanta a la vida” y por el que hay que rezar. Los ocho más altos honores con los que lo distinguieron como héroe de guerra, no servirían para restarle la desesperanza que hasta su último día abrigó.
“Fue de los primeros en liberar Auschwitz”, confiesa quizá por vez primera Elena.
Es un tema doloroso, difícil, otro capítulo del que no se habla, porque, hasta su muerte en México en 1975, fue un sonámbulo sumido en la desdicha de la autodestrucción.
En el convento, Elena destacó de inmediato: se ganó la Banda Azul, la premiaron con la medalla Hija de María, cuya fama era que quien la recibía se iba derechito al cielo, y comenzó a escribir sobre temas históricos en The Current Literary Coin, la revista escolar.
“Yo todo el día me la pasaba en la capilla, quería ser monja, hermana de las que lavan los trastes y levantan las bacinicas. Ayudar, servir. Ya traía esa vocación”.
Aunque no soporta ver sangre, quiso estudiar cursos de Medicina en el Manhattanville College, también de las monjas del Sagrado Corazón. Una devaluación del peso imposibilitó su partida, porque la economía familiar parecía ir en picada.
“Diego Rivera quiso pintar a mi mamá, le costaba lo mismo un retrato que un coche, y ¡mi mamá eligió el coche!”.
Elena tomó un curso de Derecho Internacional en Relaciones Exteriores, pero claudicó al ver que no tendría futuro en el Servicio Diplomático por ser francesa. Hizo de actriz muda con Brígida Alexander. Trabajó un mes como recepcionista en los laboratorios Linsa de su padre. Y acabó inscrita para estudiar secretaria taquimecanógrafa a fin de aprovechar su condición trilingüe.
“Una de las cosas que más lamento es haberme quedado sin formación, no tuve carácter, ni fe en mí misma”.
Periodismo, muleta para sobrevivir
Kitzia se casó con Pablo Aspe, tío de Pedro, a los 18 años, y para la familia era necesario que Elena, la primogénita, consiguiera un buen partido. Querían que fuera a Francia como debutante. Obediente, aceptó ir. Puso como condición tener un oficio, se negaba a ir simplemente a bailar con los franceses: “¿y si nadie me sacaba?”.
Le pidió chamba a Eduardo Correa, tío de su amiga, editor de sociales de Excélsior. Para quitársela de encima, le sugirió que entrevistara a su sobrina. Mejor entrevistó a Francis White, el nuevo embajador de Estados Unidos. Fue su debut en el periodismo.
Publicada el 27 de mayo de 1953, fue la primera de 365 entrevistas en poco más de un año.
“Me metí al periodismo por complejo, fue talacha para superar mi inseguridad, para que no me mandaran a Francia a buscar novio. A mis papás no les fascinó. En nuestro mundo, una joven bien nacida aparecía en Le Figaro al nacer, casarse o morir. Hubieran preferido que tocara bien el piano, que cantara, que me casara bien. No obstante, fue mi mamá quien siempre pegó mis artículos en los álbumes, atesoró la memoria”.
En aquel tiempo, Elena Urrutia la aconsejó: “Tus artículos estarían mejor si no los escribieras en ruso”.
Le recomendó a Juan José Arreola, un maestro con el que acudían ella y María Elena del Río para aprender dicción a fin de participar en el taller de teatro que se impartía en casa de Raúl y Carito Fournier, tíos de Elena. Le dijo Urrutia que sólo le llevara de vez en cuando una botella de vino tinto, unas galletitas y un queso francés, y que Arreola le enseñaría a escribir en buen español.
Elena le llevó sus artículos. El escritor jalisciense le anticipó que el periodismo no le interesaba: “Estoy muy por arriba de eso. Si tiene otra cosa, tráigamela y vemos”. Le compartió Lilus Kikus, el relato autobiográfico de una niña con uñas de sol que vive en un convento, con el que Arreola reanudó en 1955 la colección Los Presentes, a fin de dar a conocer obras de jóvenes creadores mexicanos. Se hicieron 500 ejemplares que Elena regaló entre la familia. Las portadas eran honguitos que Arreola copió del Larousse y que Elena pintó con acuarelas.
Elena, ¿te puedo hacer una pregunta difícil?
Pregunta lo que quieras, ya me has preguntado mucho.
Cargas con un lastre que no te perdonas, con una penitencia… Intuyo que tiene que ver con el nacimiento de tu hijo Mane en aquella época. ¿Es hijo de Arreola?
Sí, es el padre biológico de mi hijo mayor.
El escritor, 14 años mayor que ella, en aquel momento ya casado y padre de dos hijos que vivían en Guadalajara, apenas probaba suerte con Confabulario, publicado en 1952. Había vivido en París durante un año, pero su situación económica era deplorable y sobrevivía como podía, vendiendo zapatos o estufas. Era un histrión, un hombre con labia.
¿Te prometió las estrellas?
No, nada. Él provenía de un mundo totalmente distinto al mío, yo era una niña idiota recién salida del convento. Me decía que era yo un pavo real que había ido a pavonearse a un gallinero. Lo seguí viendo durante algunos meses porque me halagaba su dependencia, decía: “Si Elena me acompaña al Centro Mexicano de Escritores, yo sí voy a dar tal conferencia”. Lo llevaba y lo traía, me deslumbró ese mundo al que entraba por vez primera y me di cuenta tarde que fui su bastón. Aunque Arreola es lo peor que me ha sucedido en la vida, Mane, mi hijo, es la mayor dicha de mi vida…
Para Elena, que provenía de un mundo cristiano y conservador, fueron épocas duras de trabajo, valentía, estigmas y una buena dosis de culpa.
“Lo crié en una época en que había un gran rechazo social para una madre soltera, trabajé para mantenerlo y tenerlo conmigo. Mane es lo más importante que me ha sucedido. El periodismo fue mi muleta para salir adelante”.
En El último juglar, la biografía de Arreola recogida por su hijo Orso, señala que, en la década de 1950, entraron a su vida tres Elenas: María Elena del Río, Elena Urrutia y Elena Poniatowska. Ésa es la única clave que brinda con respecto a Elena Poniatowska y al hijo fuera del matrimonio que tuvo con ella.
Mujer casada, mujer de izquierda
En 1969, Elena se casó con Guillermo Haro, fundador de la astronomía moderna en México, a quien había entrevistado en el Observatorio de Tonantzintla casi una década antes.
“Me impresionaba su compromiso con los desposeídos, con los campesinos, con los estudiantes de la UNAM a quienes mandó a estudiar a Estados Unidos y Europa, su preocupación por el retraso de nuestro País y su pobreza, su devoción por la ciencia: quería sacarla del agujero negro. Decía que era un astrónomo con muy buena estrella, y me hizo compartirla”.
Él la conquistó con docenas de rosas rojas desde una de las primeras citas, ella tenía 36 años, él 56. Se sintió protegida, dentro de los cánones. Tuvo a Felipe en 1968 y cuando el niño tenía 9 meses, se casaron. Haro le dio su apellido a Mane. Luego llegó Paula en 1970.
“Todo lo hice al revés, volteado”.
El científico ateo era impaciente y enojón, bravo y combativo. Criticaba a Elena: “¿Por qué no le tiras a algo más grande en lugar de entrevistar babosos?”.
Con Haro, cercano amigo de Pablo González Casanova, visitó Lecumberri, donde él frecuentaba a José Revueltas y Eli de Gortari, líderes del movimiento de 1968, entrevistas que sumadas a las de numerosos presos políticos le permitieron dar forma a su crónica La noche de Tlatelolco, publicada en 1971, recién iniciado el gobierno de Echeverría y que alcanza más de 600 mil ejemplares.
“La editorial ERA recibió llamadas, que pondrían una bomba. Éramos muy inocentes. A mí también me amenazaron y corrí a naturalizarme mexicana para evitar que me aplicaran el 33″.
El único que se atrevió a hacer una reseña fue José Emilio Pacheco y, para sorpresa de Elena, el Gobierno, en lugar de perseguirla, buscó cooptarla. Le concedió el Premio Xavier Villaurrutia que ella declinó con una frase lapidaria: “¿Quién va a premiar a los muertos?”.
Carlos Fuentes escribió que, con La noche de Tlatelolco, la princesa se transformó en una Pasionaria de las causas de izquierda, y Octavio Paz prologó la versión en inglés de Viking Press, publicada en 1975. La noche de Tlatelolco está dedicada a Jan Poniatowski, hermano de Elena, 15 años menor, fallecido en un accidente automovilístico en 1968 en la carretera a Calpulalpan.
“Fue una tragedia, mis papás aguantaron muchos años sin quejarse, sin hablar. Mi mamá se volcó aún más a la religión, sólo así pudo tolerar la muerte de su hijo. Compré esta casa frente a una iglesia y la llamé Casa de Paula para traérmela a vivir conmigo, pero no aceptó, y lo lamento; quiso ser independiente hasta el final. A Jan le dedico casi todos mis libros, fue como perder a mi hijo. En mí se enmarañaron todos los sentimientos”.
Ese libro se sumó al éxito de Hasta no verte Jesús mío (1969), que dibuja la brutalidad de la miseria, basado en la vida de Josefina Bórquez “La persona que más ha influido en mi vida después de mi madre”-, una lavandera rejega y supersticiosa que conoció en una vecindad en 1959. Cada miércoles, iba a verla.
“Me costó mucho trabajo ganarme su confianza, me ponía a lavar overoles con gasolina sobre una tablita acanalada y, como no los podía manejar, me decía que era yo una catrina que no servía para nada. Cuando estuve en Europa con Mane en 1964, ella iba con los evangelistas a dictarles cartas para mí, no sabía leer ni escribir. Josefina me dio todo, yo punto menos que nada”.
La leyenda de Elena ha ido creciendo con los años. La conciencia de clase, la tenacidad, el deseo de denunciar mezquindades, su condición de mujer, y el doloroso silencio de sus pecados, impulsaron a Elena a refugiarse en los márgenes de la vida, a dar voz a las víctimas y a los perseguidos, y a escribir más de 40 libros que abarcan todos los géneros y le conceden un lugar relevante en las letras mexicanas.
Fue ella quien impulsó, por ejemplo, la creación en 1966 de la Editorial Siglo XXI como una confrontación a Gustavo Díaz Ordaz, quien expulsó a Arnaldo Orfila, director del FCE, por publicar Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, obra que según las autoridades denigraba a México y favorecía la revolución socialista. Elena prestó a Orfila su casa en La Morena 430 para crear la editorial.
Al hacer el balance de su vida, Elena acepta que le ha faltado libertad y vivir la pasión del amor. A Haro lo quiso y admiró, pero la juzgaba con dureza.
“Me criticaba: no me veas con esos ojos de borrego. Nunca estuve a su altura, necesitaba interlocutores de otro nivel. Eso sí, quería que estuviera dedicada a él, que lo atendiera, le disgustaban las feministas que me buscaban. Enseñó a mi hija a decir públicamente que su madre era femenina, no feminista. Repetía que los periodistas se dedicaban a eso porque habían tronado en todas las carreras universitarias”.
En 1976, Elena escribió Querido Diego, te abraza Quiela, como una oda al silencio en pareja, una forma de pedirle atención a su esposo, a través de las cartas imaginarias que Angelina Beloff le escribió a Rivera.
“A Guillermo no le gustó, dijo que era un tarro de melcocha”.
Si algo lamenta es no haberse querido lo suficiente, no haber sabido defenderse de sus demonios.
“Mi sueño recurrente ha sido salir volando por la ventana. Me he asfixiado solita… He trabajado demasiado, quisiera tener tiempo para mis libros y mis pendientes, ser una mujer libre, he sido demasiado abnegada y cumplida, en la política y en el amor. Quizá hasta mi entrega obsesiva a López Obrador ha sido parte de esto mismo”.
No se siente mujer de éxito.
“Como todo lo hago a partir del periodismo, sé que uno está al servicio de, hay que hacer antesala, temer si a uno lo recibirán o no, esperar a que no destruyan los editores el trabajo… El periodismo es una lección de humildad, uno no parte plaza”.
Agradece tener tres hijos que la guían: “mamá, sintonízate”, y 10 nietos “que comen chocolate y pagan lo que deben”. Está cansada de su “militancia compulsiva” que, dice, terminará con las elecciones: “No me interesa tener un hueso”.
La conversación la dejó muy asustada. Tiene fe en que servirá para quitarse los grilletes, ventilar su camino y ser más libre. Mientras tanto, sigue escribiendo en libretas de taquigrafía su novela sobre los Poniatowski, otra sobre Lupe Marín y una biografía de Guillermo Haro. Pide lucidez para terminar y quiere que, cuando la pluma se le seque, la entierren junto a su hermano Jan, que la espera bajo la sombra cómplice de una jacaranda.

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