Diego Petersen/El Informador
¿Se puede vivir sin auto en
Guadalajara? De hecho la mayoría de los tapatíos lo hace, pero
aspira a dejar de hacerlo y a comprarse un auto lo más pronto
posible, no importa si es un auto viejo que le va a dar problemas
cada jueves y domingo, que trague gasolina como loco y contamine sin
piedad. Todo eso es secundario ante la incomodidad que representan
las largas distancias en un transporte público ineficiente.
La
ruta que tiene Guadalajara lleva inevitablemente al colapso. No hay
inversión en viaductos, puentes o pavimentos que solucione el
problema; por el contrario, cada metro cuadrado de pavimento o vía
rápida que se construya lo que hará será concentrar el tráfico.
No hay, pues, una solución única ni lineal para el problema del
exceso de autos; lo que hay que hacer son políticas públicas a
mediano plazo que incentiven otras formas de movilidad y otras que
desincentiven o aumenten el costo al uso del automóvil.
Lo
primero que hay que hacer, lo tenemos claro desde hace por lo menos
20 años, es invertir en un transporte público más eficiente. Los
metros o trenes ligeros no son cómodos, al menos no en las horas
pico, pero su velocidad compensa con creces la incomodidad y hasta el
riesgo inminente de un agarrón. Los BRT son lo más funcional en
tiro largos pero que no alcanzan la densidad para un metro o un tren
ligero. Los tranvías son ideales para la convivencia con zonas de
alta densidad o actividad, pero no son ni los más rápidos ni los
más baratos. En fin, hay que hacer el sistema de transporte que
requiere la ciudad, no el que quieren los políticos en turno.
Más
importante que el transporte es la reedificación. Si vivimos más
apretados, los trayectos se hacen más cortos y los servicios, más
eficientes. Pero la única manera de que alguien esté dispuesto a
reducir su espacio privado vital es aumentando el público. No se
puede pensar en redensificar sin mejorar y ampliar el espacio
público, y eso va desde recuperar calles y banquetas, hoy tomadas
por los coches, hasta aumentar la seguridad en estos espacios.
A
la par de los incentivos tienen que venir los castigos al uso del
automóvil. No solo hay que regresar al impuesto sobre uso o tenencia
del automóvil, sino prohibir el estacionamiento en la vía pública,
liberar el precio del estacionamiento y gravar la gasolina para, de
ahí, obtener los recursos para invertir en transporte púbico,
banquetas, parques, ciclovías, etcétera.
Sí, sí podemos
aspirar a vivir sin auto, si nuestros políticos cambian el “chip”,
pero sobre todo si, como sociedad, somos capaces de enviar el mensaje
y construir el consenso de la ciudad que queremos.
Lo primero
que hay que hacer, lo tenemos claro desde hace 20 años, es invertir
en el sistema de transporte que requiere la ciudad, no el que quieren
los políticos en turno.
Más importante que el transporte es
la reedificación:
si vivimos más apretados, los trayectos se
hacen más


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