¡Ni una bicicleta blanca más!


Arturo Balderas Torres /Milenio

En tres años, 113 ciclistas han muerto en las calles de la Zona Metropolitana de Guadalajara; en este 2013 en las primeras seis semanas murieron seis ciclistas. En estos tres años, miembros de asociaciones civiles se han encargado de colocar bicicletas blancas donde los ciclistas han caído como una forma de mantener la memoria urbana y protestar antes las condiciones de inseguridad vial.

El 14 de febrero miembros de Bici Blanca, GDL en Bici, Ciudad para Todos convocaron a una protesta para colocar dos bicicletas blancas. La cita era a las 4:00 de la tarde en el Parque Rojo, en el cruce de Federalismo y Juárez. Las bicis blancas serían colocadas en las esquinas de Federación y Mariano Jiménez y la de Circunvalación y la calle Platón, donde cayeron respectivamente Javier Donoso Venegas de 47 años y Cristian Cortés Duarte de 14 años. Mientras esperábamos la hora de salida nos repartimos los mensajes de protesta: “Exigimos respeto”, “¡Ni una bici blanca más!”, “6 semanas, 6 ciclistas muertos”, “nada que celebrar en Guadalajara”, “Cada semana una víctima ¿Quién sigue?”

Algunos automovilistas reducían la velocidad para observarnos, no resistían la curiosidad de ver a un puñado de locos… “¿Quiénes son estos que insisten en usar la bici en la ciudad?… algunos, ¡Habrase visto!… ¡Lo hacen a pesar de tener auto!”.

No cerraríamos las calles, la protesta fue un cortejo fúnebre con esporádicos gritos de: “¡Ni una más!” Tomaríamos un carril de diferentes calles a lo largo de los 12 kilómetros de recorrido que incluía una breve parada frente al palacio municipal de Guadalajara para leer un comunicado… y así rodamos.

No era un ambiente festivo. No conocimos a las víctimas en turno, pero ser ciclista urbano es ser parte de un grupo. Somos vulnerables y eso nos une. Sabemos vivir la ciudad en bici como alternativa al auto o el transporte colectivo, pero somos conscientes del riesgo que implica y que nos puede costar la vida. 

Llegamos a la primera esquina. Estacionamos las bicicletas. Se abrió la ventana de una casa y un joven me preguntó: “¿Vienen a poner la bici blanca?”. Sí, contesté y le señalé a los organizadores. No lo sabía, pero él era uno de los hijos de don Javier. Estaba triste, pero entero. Fuerte. Él y su hermano colocaron la bicicleta y la lona donde se daba cuenta del accidente que le costó la vida a su padre. Fue un momento emotivo y doloroso. Los camiones seguían pasando por la calle estrecha. Monroy, uno de los coordinadores, leyó el comunicado.

La peregrinación prosiguió. Llegamos a lo que parecía una esquina cualquiera, pero una señora que vende flores nos explicó: “¿Ven esos dos postes? Ahí es donde el camión aventó al niño…” la gente pasaba normal, con prisa. Ignorando la muerte la vida pasa rápido, a veces demasiado pronto, 14 años son muy pocos. Nuevamente, llamando la atención de los transeúntes y vecinos, la bici blanca fue colocada y el comunicado leído una vez más. Los organizadores agradecieron nuestra presencia y emprendimos el regreso.

Es duro saber que ahí, en el mismo sitio donde estuvimos parados, en las mismas rutas que rodamos, don Javier y Cristian agonizaron y murieron. Es un sentimiento sobrecogedor e imponente, ver las bicicletas en lo alto convierte esos sitios en algo sagrado.

Éstas no son tragedias vinculadas al crimen organizado, ellos no fueron víctimas anónimas de los ‘ajustes de cuentas’. Todos podemos convertirnos en verdugos incidentales al sentarnos detrás de un volante. No fueron víctimas de criminales, pero de igual forma corren el riesgo de volverse solamente en una estadística si no hacemos algo.

A todos nos falta educación y cultura vial, tanto a ciclistas como a conductores… de hecho, es absurdo hacer esta clasificación porque ciclistas y automovilistas somos las mismas personas en diferentes roles. Además de nuestra falta de cultura vial, las calles reflejan la pasividad y la indolencia gubernamental. Uno de los roles del gobierno es velar por los intereses del débil para darle oportunidades y condiciones mínimas para su desarrollo, sobre todo cuando sus intereses son amenazados por aquellos de los poderosos. Las calles muestran todo lo contrario, poco o nada se ha hecho desde la esfera gubernamental para proteger al ciclista urbano frente a esos ‘rinocerontes’ de metal. Aún falta mucho para que contemos con una red de ciclovías seguras y un sistema de transporte colectivo, seguro, eficiente y competitivo.

Las bicis blancas son fantasmas que nos persiguen. Son un doloroso testimonio de la indiferencia social y la irresponsabilidad con que se ha conducido la política de transporte y movilidad. La bicicleta no sólo es un juguete recreativo o un aparato para ejercitarnos, es una opción real y necesaria de transporte. Todos, particularmente las autoridades, debemos crear las condiciones de seguridad e incentivos para conservar y promover el uso de la bicicleta sin que necesitemos colocar otra bicicleta blanca. Algo es seguro: los ciclistas urbanos no nos vamos a ir.

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