15.7.14

Las y los ciclistas construyen otro tipo de relaciones no capitalistas entre las personas y otro tipo de vínculos con la naturaleza

Por: Gerardo Pérez Viramontes, Investigador y Académico del CIFS
Palabras en la presentación de libro sobre Asia de Salva Rodríguez
http://blogs.iteso.mx/cifs

En el CIFS-ITESO desde hace varios años, algunos de nosotros estamos abocados
a estudiar los conflictos sociales, con la intención de encontrar o generar
alternativas positivas para su manejo o transformación. Un ámbito en el que
decidimos investigar es el de la movilidad no-motorizada en Guadalajara. Quien
se mueve en bicicleta debe hacerse a la idea que va a entrar en conflicto con
automovilistas, choferes de transporte público, autoridades gubernamentales…
Al utilizar un medio de transporte no convencional (como lo es el automóvil) los
ciclistas construyen otro tipo de relaciones no capitalistas entre las personas y
otro tipo de vínculos con la naturaleza no depredadores, ni contaminantes.
En el contexto de esta investigación nos encontramos con GDLenBici, una
asociación civil que, además de organizar mensualmente un paseo ciclista para
todos por las calles de la ciudad, renta y mantiene en Santa Tere una casa para
ofrecer hospedaje barato a los cicloturistas que pasan por Guadalajara.

Salva Rodríguez estuvo en esta ciudad hace algún tiempo y a través de las
anécdotas que cuenta en su libro sobre África, nos muestra de qué manera la
solidaridad continúa siendo uno de los valores más importantes que aún existen
entre los seres humanos. Sea en una iglesia, en un parque o en una estación de
bomberos –nos dice Salva– «descubro, como me ocurrirá después una y otra vez,
que la gente de este mundo es mayoritariamente buena y que cuando tiene la
oportunidad de ayudar a alguien que lo necesita, no duda en hacerlo».


Esta tarde, estamos reunidos en la Casa Clavigero del ITESO para presentar el
segundo tomo de este «Viaje de cuento», donde Salva Rodríguez nos cuenta las
experiencias de su viaje en bicicleta por el continente asiático. A pesar de lo
maravilloso que le había resultado su contacto con los africanos, su mirada estaba
puesta en el Japón, a donde quería llegar para desvelar el sueño que desde niño
había fabricado sobre ese país.

Después de leer varios capítulos, una idea vinculada a lo que los académicos
denominan el Pensamiento Complejo no dejaba de repetirse en mi interior: ¡
TODO ESTÁ RELACIONADO CON TODO ! Igualmente, como un sonsonete que no
puedo eludirse, resonaba en mí la estrofa de esa canción en la que se afirma:
“Soy vecino de este mundo por un rato / y hoy coincide que también tú estás aquí
/ coincidencias tan extrañas de la vida / tantos siglos, tantos mundos, tanto
espacio… Y coincidir”.

Pero, ¿qué relación tiene el libro de Salva con esa canción de un autor tapatío o
con el principio teórico de la complejidad antes señalado? La respuesta es muy
sencilla: al ir pasando las páginas de “El viaje de cuento” en varios de sus pasajes
me sentí reflejado. Lo que Salva iba señalando es o ha sido parte de mi vida.
¿Tantos mundos? ¿Tanto espacio? ¿Y coincidir?

Por ejemplo. Cuando platica su paso por Egipto, comienzo a recordar “El
arquitecto de Tombuctú”, una novela que cuenta la vida de Es Saheli, el granadino
(paisano de Salva, pero del S. XIV) que escribe su propia Rihla, es decir, el relato
de su vida como caminante: su destierro de Granada y su viaje por El Cairo,
Damasco, Bagdad, Yemen y La Meca… (una novela recomendable).

El trayecto que hace en bicicleta por debajo del Canal de Suez, a pesar de estar
prohibido, en el que poco faltó para que Salva fuera arrollado por un camión cuyo
claxon no se parecía para nada al “bip-bip” del correcaminos de las caricaturas,
evocó en mí la tristeza que me produjo la instalación de una Bicicleta Blanca en
el paso a desnivel de 8 de julio y Washington donde perdió la vida un ciclista que
iba pasando por ahí.

La descripción que hace Salva de los árabes-sirios trae a mi memoria el recuerdo
de amigos de aquél país como Zaza, Alhasan, Anás, Maalik…; y a coincidir en la
percepción que tiene sobre ellos: «el pueblo árabe se desvive por ayudar, por
agradar, por hacer al forastero sentirse indudablemente bienvenido». «Una
gente muy divertida, los sirios siempre han sido mis árabes favoritos.»

Respecto de las mujeres afganas Salva nos dice: «La situación de la mujer en
Afganistán… es terrible», «la mujer no tiene derechos humanos porque no es
considerada humana», «la burka, es lo más suave de un país donde la mujer ha
perdido su condición de ser humano». Tales afirmaciones me llevan a
cuestionarme sobre la situación que viven las mujeres en México o en
Guadalajara… y como respuesta recuerdo el reciente caso de Gutiérrez de la Torre
en el DF y la forma como perdió la vida Imelda Virgen que se narra en el
documental Silencia en el que participaron alumnas del ITESO.

A lo largo de sus páginas Salva nos habla de sus encuentros con otros tantos
trotamundos. En un momento dado lo confunden con Álvaro, el bici clown, con
quien recorrió algunos kilómetros en su paso por la India. En otro momento,
comparte algunos días con Lorenzo Rojo, creo que en Japón. Los tres, españoles
(de Granada, Madrid y Vitoria respectivamente), he tenido el gusto de conocerlos
en la Casa Ciclista de Guadalajara. Tantos mundos, tanto espacio, ¿y coincidir?
Cuando señala el “desmadre” que hacen ciento de jóvenes de países ricos que
van a beber sin ninguna restricciones en algún lugar de Vietnam, me digo a mí
mismo: Salva ya es mexicano pues entiende a la perfección el sentido que le
damos aquí a ese sinónimo de caos y desorden: “es un desmadre”.

El cuestionamiento que le hace Sophia a Salva, en la página 205, me hace pensar
a mí mismo el tipo de relaciones que mantengo con los demás. Le dice Sophia:
«El contacto que tienes con la gente es de hola y adiós, lo cual te hace vivir
siempre en la maravilla […] tu viaje impresiona y propicia que la gente quiera
tratarte bien, quiera que te lleves un buen recuerdo de ellos […] Y tú, discúlpame
si te molesta, tienes una relación superficial con el mundo, estás siempre de paso
y no puedes profundizar en sentimientos de relaciones, ni de amistad, ni… ni de
amor».

El capítulo sobre Japón es quizá el más largo del libro, y no es para menos. Al salir
de África, la idea de llegar a Japón fue lo único que lo hizo no regresar a Nigeria,
Camboya o Tanzania. Al leer sobre la armonía que está instalada entre los
japoneses como forma de vida, me conecto con mis temas de estudio: paz, en
japonés, se nombra como Heiwa, Wahei, Chowa que el investigador para la paz
traduce como armonía; una armonía que a Salva lo saca de sus casillas culturales
forjadas en el carácter andaluz. Al mencionar la forma como lo llamaban sus
amigos (“Salva-San”) no puedo quitarme de la mente la serie televisión que
atrapó mi atención por allá en la década de 1980 (Shogun) y que no estaría nada
mal volver a ver. También me llama la atención que fue precisamente en Japón
donde surgió la idea de escribir “un viaje de cuento”, como una manera
sustentable de conseguir recursos para la travesía en “el galeón”. Al final del
capítulo me quedo pensando si el Magis ignaciano no tiene origen japonés por
lo que se dice en la página 294: «Cuando dos japoneses se cruzan trabajando, en
una escalera llevando sábanas u ordenando los zapatos de la entrada, se dicen
“Gambate kudasai!” (¡ Házlo con tu mejor esfuerzo !). Todo, absolutamente todo,
se hace en Japón con esta consigna: gambaru. Hagas lo que hagas, haz lo mejor
que puedas, desde el ejecutivo que trabaja en un banco hasta el niño que aprende
a usar los palillos para comer. Todo es gambaru.»

En distintos momentos Salva se refiere a sí mismo como “Garbancito” para
regañarse a sí mismo, para darse valor, para reflexionar sobre lo que ve y siente
(algo parecido a “Don Durito de la lacandona” del extinto Sub-comandante
Marcos). Al verlos escrito varias veces en el libro me preguntaba si se trataba de
un “Garbanzo de a libra” de la que se aclara: «cuando la expresión se le dice a
una persona, se refiere a que en algún momento hizo algo bueno, pero aún así,
no vale tanto o no es tan destacada en lo que hace.» Desde mi perspectiva, el
viaje de Salva es algo que vale la pena destacar (por eso estamos aquí para
celebrarlo), es bueno lo que nos dice que hizo (quién sabe si en la realidad así
sucedieron las cosas) pero, ¿por qué “Garbancito”? Ojalá nos aclares, amigo
Salva, de dónde salió el autoapodo.

Finalmente, en el libro “EL SOCIALISMO PUEDE LLEGAR SOLO EN BICICLETA” (Pág.
221) se señala: «La cultura dominante –el capitalismo de sobreproducción y
sobreconsumo– nos quiere conectados a los puntos de venta de mercancías… y a
los canales de comunicación a través de los cuales se nos induce a desear
mercancías y desconectados de todo lo demás. Pero si queremos tener alguna
opción de sobrevivir –y quizá vivir bien– en el planeta Tierra, necesitamos
vitalmente estar conectados con la red de la vida que nos proporciona sustento,
y con los contextos sociales dentro de los cuales podemos llegar a ser humanos».
Con su vida narrada en estos cuentos, Salva nos enseña a vivir de otra manera, a
esforzarnos por consolidar otro tipo de relaciones, a mantener otro tipo de
encuentros con los demás. «Bañarse en un lago esmeralda, coronar un paso de
montaña contra una ventisca, acampar en un lugar tan solitario que ni el silencio
parece existir, el reencuentro con un amigo…, ahí es donde estoy habituado a
recibir mi recompensa.» –nos dice en la página 292.

Tan solo una crítica, esperando sea constructiva: faltan algunas fechas para
enmarcar mejor los acontecimientos, por ejemplo en tu paso por Afganistán.
¡ Muchas gracias !

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