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Cuando perdimos la calle


La calle ya no era nuestra; a quien andaba en patines o patineta se le perseguía y acusaba de dañar las cosas, se le intentaba encerrar en “parques” adecuados, querían convencerlos de que sefueran a otro lugar.

Raúl Torres/masgdl.com

La calle nos pertenecía, podíamos jugar por horas todas las modalidades de los juegos con pelota sin tener que decretar la pausa donde todos nos congelábamos para dar paso a un solitario auto; no faltaba quien retara la lentitud de la máquina invasora y colocara uno de sus pies justo por donde pasaría una de las llanta para demostrar que el vehículo, ni queriendo, podría pasarnos por encima.

Conseguir una bicicleta, una patineta o un par de patines representaba la posibilidad de viajar en grupo y sin restricciones a las colonias vecinas para explorar calles nuevas y conocer a otros. Tener esos vehículos representaba no depender de los padres para desplazarse, era la posibilidad de retarlos y adquirir poco a poco la libertad anhelada para lanzarse a cruzar las avenidas “peligrosas” (Lázaro Cárdenas, López Mateos, Vallarta, Federalismo, Cruz del Sur, etcétera) y llegar incluso al Centro de la ciudad, ya caótico por la cantidad de camiones, para sorprender a los parientes o conocidos en sus sitios de trabajo.


Viajar “de mosca”, aferrados a un camión o a cualquier vehículo que se dejara, era diversión garantizada para quien lograba desarrollar la habilidad (maestros en este menester eran algunos repartidores de periódicos).

El casco, las rodilleras, las coderas o cualquier otra protección era para quienes temían curarse las raspaduras con limón o alcohol, eran para quienes preferían sanar las heridas con agua oxigenada y no volvían a usar los pantalones rotos porque los parches no le iban bien.

Andar en bicicleta, patineta o patines no tenía nada que ver con hacer ejercicio y llevar una vida saludable, no implicaba cuidar el medio ambiente, no significaba tener que pelear por un espacio en la calle porque la calle era nuestra.

Pero algo empezó a cambiar. A las avenidas “peligrosas” se les cayeron las comillas, la frecuencia de los autos saboteó los prolongados juegos en la calle y meter el pie debajo de las llantas comenzó a ser doloroso.

De repente, un día, cayó el primer atropellado, la bicicleta quedó destruida y la cicatriz aún la lleva en la frente. Algo se había roto. A l@s amig@s dejó de gustarles pasear en los diablitos y preferían compartir el pasaje del camión, los asientos de una motocicleta cualquiera o algún sitio en el auto, incluida la cajuela.

Los vapores de los hidrocarburos le volaron la cabeza a varios, que sin pudor, se divertían saliendo por la ventana del auto para golpear con un tapete o periódico a quien seguía utilizando la máquina más eficiente del planeta.

La calle ya no era nuestra; a quien andaba en patines o patineta se le perseguía y acusaba de dañar las cosas, se le intentaba encerrar en “parques” adecuados, querían convencerlos de que sefueran a otro lugar.

Hoy, con la calle perdida, intentan domar quien busca reapropiarsela. Cada domingo o día festivo, desde hace 10 años, ceden por unas horas sólo 28 de los cientos de kilómetros que tiene la ciudad; hoy andar en bicicleta, patines o patineta implica racionalizar su uso para anteponer los beneficios a la salud y el medio ambiente y se legisla para que un día al año fulano rete a mengano a no usar el auto...
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