26.9.14

Impuesto al automóvil

 Por Diego Petersen diego.petersen@informador.com.mx

Ante la polémica suscitada por las propuestas de la columna de ayer (gracias por los comentarios, los positivos y los negativos; de eso se trata, de debatir ideas aunque algunas vengan en forma de adjetivo descalificativo) dedicaré la columna de hoy a ampliar la propuesta de un impuesto al automóvil y la de mañana a las dos propuestas sobre banquetas y peatones. Insisto que todos los comentarios, incluidas las mentadas, son bien recibidos.

Breve historia. El impuesto a la tenencia de automóvil se inventó en el sexenio de Díaz Ordaz para financiar el déficit por las olimpiadas. En términos llanos, los mexicanos de todo el país financiamos la infraestructura vial y deportiva del Distrito Federal. Años más tarde se decidió que el impuesto recaudado por vía de la tenencia se quedara en los estados y los gobernadores dispusieran de él; la mayoría lo usó para crecer las nóminas. Felipe Calderón prometió durante su campaña, y lo cumplió como presidente, eliminar el impuesto por inconstitucional y dejó en libertad a los estados para que decidieran si ponían o no un impuesto estatal al uso del automóvil. El gobernador Emilio González Márquez decidió no continuar con el impuesto al automóvil pensando que sería una buena medida electoral. De todas formas su partido perdió la elección intermedia y la gubernatura, es decir nadie se lo agradeció, y en cambio el Estado dejó de percibir casi 4 mil millones de pesos.
 
Poner un impuesto al uso del automóvil es justo porque impacta a quienes tienen más recursos pero sobre todo a los que hacemos un uso preferencial del espacio público en detrimento de quienes no tienen auto, pero además es una de las formas más eficientes que tiene el Estado para desincentivar el uso del auto particular. Otras, como aumentar las cuotas de estacionamiento, ya se están implementando en la Ciudad de México y ha sido la política más eficiente en ciudades como Nueva York.

La pregunta es cuál es el impuesto más adecuado y justo. La tenencia como existía anteriormente gravaba la posesión y no el uso, castigaba a los autos nuevos y disculpaba a los viejos, como un forma de no afectar a los sectores de menores ingresos, pero contradictoriamente premiaba a quienes más contaminaban. Lo más correcto, pues, pareciera ser cobrar por uso y no por posesión y para ello la forma más eficiente y justa es el impuesto a la gasolina. Quién tenga un auto más grande o lo use más, pagará más.

Pero más importante que la forma de cobro del impuesto es el destino. Si estamos de acuerdo que los que andamos en auto particular debemos pagar porque hacemos uso preferencial del espacio público y contaminamos, entonces el ingreso recabado debería gastarse sólo a calidad del aire y en mejoramiento del transporte y el espacio públicos.

Ningún impuesto es popular y el gobierno que quiera, y pueda, aplicarlo deberá primero dar claras señales de eficiencia en el gasto, pero ninguna ciudad mejora si no es con la participación de sus ciudadanos, y eso en todo el mundo se llama impuesto.

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