22.9.14

Para algunos tapatíos, el Día Sin Auto es todos los días


El Día Mundial Sin Autos no representa mucho para algunos estudiantes. EL INFORMADOR ARCHIVO

EL informador
  • Crónica: Una vida sin auto
  • Una crónica de la realidad más allá de la activación de algunos grupos
GUADALAJARA, JALISCO (22/SEP/2014).- En el Día Mundial Sin Autos, diversos funcionarios abandonaron al chofer y partieron en bici, tren, camión o a pie, desde algún punto de la ciudad, hasta su céntrico lugar de trabajo. A su paso dejaron una estela de colaboradores, periodistas, fotógrafos y curiosos que, con las cámaras en ristre, les tomaron fotografías. Clic.

Ese mismo día, Claudia Ramírez, habitante del municipio de Tonalá, comenzó otro capítulo de su consuetudinario ascenso al Gólgota metropolitano. Un día más a bordo del bochornoso transporte público.

Un día más sin auto en su vida sin auto.

Desde hace cuatro años, esta estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Biología tiene que trasladarse desde su casa, en Tonalá, hasta el Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

Para llegar a la primera clase, que comienza a las nueve de la mañana, Claudia tiene que levantarse a las cinco y media. En la calle oscura aborda el 608, un camión destartalado, terregoso y agolpado que en medio de jalones, eructos mecánicos e imprevistos acelerones la lleva, una hora después, a la Estación Belisario Domínguez del Tren Ligero.

Con paciencia de Job, Claudia aborda el tren y baja en la Estación Juárez. En el centro de Guadalajara se dirige a la terminal de la ruta 629 La Venta, en la calle Morelos. Allí se forma. Dice que cuando llega siempre hay una fila grande, serpenteante, esperando la llegada del camión.

Pero a veces el chofer detiene el camión a media cuadra o en la esquina, y no donde inicia la fila. Entonces es un ''show'', dice Claudia, porque la gente que estaba formada en la fila se echa a correr y persigue el camión.

Empujando, reclamando, bufando, la multitud  ingresa en el camión, toma los asientos desocupados y se apelotona.

Ese camión, el 629 La Venta, tarda una hora en llegar al CUCBA.

Claudia cuenta que al principio aprovechaba el tiempo y leía; pero después, entre tanto sacudón, se le quitaron las ganas. Ahora prefiere sentarse del lado de la ventanilla porque de esa forma puede dormir, acomodar su suéter como si fuera una almohada y dormir.

"Ya a estas alturas, duermo. Por más que quiera leer, yo me subo y me duermo. Me levanto temprano. En el camión aprovecho el tiempo para continuar mi sueño. La mayor parte del tiempo duermo o desayuno. Me llevo un lonche en el camino y me lo voy comiendo".

Cuando falta un kilómetro para llegar al CUCBA, Claudia se alegra. A veces mira los amaneceres que ofrece La Primavera y respira el olor a pino fresco que rezuma el bosque. Es un olor como a rocío que le llena los pulmones henchidos de sueño.

Considera que el regreso a casa es más pesado, ya que algunos camiones a veces no entran al centro universitario.

"Uno tiene que pedir 'ride'. A veces es mejor que esperar el camión que te saca. Porque si una de las rutas que te saca (del centro universitario) baja hacia La Primavera, ya se te fue otra media hora de tu vida".

Las clases de Claudia terminan a las tres de la tarde. Si tiene suerte, el aventón que tome hoy en el CUCBA la dejará en el Periférico. Allí tomará un camión de la ruta 380 que la dejará en un punto en el que podrá abordar otro camión. Si tiene suerte, Claudia llegará a su casa, exhausta, a las cinco y media de la tarde.


EL INFORMADOR / GONZALO JÁUREGUI

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