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Pedalear: eso de jugar a la vida

La bicicleta ha evolucionado con modelos para todas las clases y alcances presupuestales; las hay plegables, deportivas, turísticas, infantiles, para dama.
Bicicleta
(Luis M. Morales)
“El ciclista es un aprendiz de suicida”, cita una frase del escritor Julio Torri y uno se la cree porque cada vez más encuentra por las calles del barrio a esta suerte de acróbatas que, no conformes con el peligro de vivir, añaden otro al pedalear en un artefacto sobre el cual deben ir cogidos a una especie de cornamenta vuelta hacia el estómago y en una ciudad donde la consigna de los conductores de automotores parece ser:

—Péguele a ese güey.
El peligro extra se incrementa con el oficio que el ciclista ejerce valiéndose de la bicicleta como medio de transporte; baste recordar al personaje de De Sica en Ladrones de bicicletas, donde al pobre diablo le dan baje con su artefacto y es como si le quitaran un cacho de su ser, el que permitirá obtener lo suficiente para que su mujer y su adorado hijo se la pasen menos peor y tengan, cuando menos, para malcomer...
 
A la fecha, hay quienes obtienen su diario sustento montados en una bicla, burra o clicla, cobrando de casa en casa el abono de la vajilla o de la estufa de gas, de la colcha o la blusa adquirida en 12 pagos mensuales o ateniéndose a la semanal visita del abonero, al que luego se le andan escondiendo: no sean así, como serán...

Quizá por su persistencia para sosprender a las deudoras, en la radio rancherita sonó bastante la canción del abonero interpretada por La Campesinas: Escóndete mamá/ que ai viene el abonero/ y mientras que se larga,/ tú métete al ropero…

Otro aprendiz de suicida que a diario cruzaba los barrios de la ciudad mañana y noche es, claro, el panadero. Existe este personaje favorito, aunque anda medio quebrado de salud gracias a que las conchas, cuernos, mantecadas, banderillas, bisquets, cuernos y demás piezas del museo de la panadería mexicana, se venden (guardaditos en papel celofán) y llenan tiendas, misceláneas y hasta puestos ambulantes; además, el panadero cambió la bicla por un triciclo y el canasto por horrendos y enormes huacales.

Y al panadero también le compusieron su canción y Tin Tan lo inmortalizó en una de sus cintas: “¡Ay amor… cómo me has puesto!” Tempranito va y lo saca/ calientito en su canasta/ pa’ salir con su clientela/ por las calles principales/ y también La Ciudadela y despues a los Portales/ y el que no sale se queda/ sin el pan para comer…

Después del panadero madrugador, invadía la calle con la suave música de su ocarina el afilador. Ducho en el arte del filo y del doble filo, en sus manos cobraban pavorosa vida las tijeras, el machete, la daga, el filetero, el cebollero, las charrascas del zapatero, el cuchillo del camotero. Además de filo, daba espectáculo con la metamorfosis de su bicicleta en motor del esmeril, puesta patas arriba, que lanzaba miles de chispas en forma de cometa.

A la fecha, el morrongo o asistente del carnicero trepa a la bici y con su carga de carnes, tocinos y embutidos concurre a fondas y restoranes, puestos callejeros y comederos de postín, atendiendo a los pedidos sin arredrarse ante la amenaza de peseros o camiones y diestro para circular —malamente, no se le quita la maña al caón— en sentido contrario, pegando tremendos sustos a los peatones que se preguntan: “¿qué fue eso que casi me tumba, tumbador? El morrongo en cicla, sí ’íñor.

El cartero, con las buenas o malas nuevas ensobretadas, supo a las primeras de cambio o luego de dos que tres desgarrones en el pantalón—como buen ciclista—, defenderse afinando la puntería para escarmentar a los perros con la punta del zapato o con el tacón, si deveras tenía habilidad para silbar, echar mano dentro del morral, extraer la carta y además ver la dirección del próximo remitente.

Pese a las intenciones ambientalistas del gobierno citadino en turno, el servicio postal y las empresas de mensajería han sustituido la cicla por motocicletas, contribuyendo a la contaminación auditiva y del aire en una ciudad cuyos niveles de CO2 alcanza niveles criminales.

Otro prodigioso aprendiz de suicida o ciclista fue, sin lugar a dudas, el lechero. Con cariño recordamos al Gordo, siempre con los zapatos manchados con estiércol, lo mismo que el pantalón color caqui y la playera blanca. Bajaba de la bicicleta en una forma a la que legó su nombre: subirse y bajarse de a lechero, pasando el pie derecho por encima del cuadro, y con el par de botes llenos de leche en el portabultos trasero.

En el portabultos del frente, el Gordo lechero solo llevaba el diario La Prensa, que después pudo leer a sus anchísimas gracias a que se consiguió un enclenque ayudante que lo empujaba por todo el llano y despachaba cada litro, mientras su patrón, escondido tras gafas oscuras y sombrero de palma, se ponía al tiro en la información criminal y deportiva.

En las reparadoras o talleres de bicis de barrio no se dan abasto para atender a la clientela: el oficio se hereda de padres a hijos que se las ven con ponchaduras, enderezado de rines, soldadura de tijeras, ajuste de rayos, dotación de espejos, de aire mediante compresoras, alineado de manubrios, reponiendo baleros y asientos, llantas y cámaras, pivotes, cadenas, bielas, frenos, palancas de cambios, estrellas… Uf, compleja anatomía, y la tecnología de punta experimenta con nuevos y atractivos diseños aerodinámicos y ergonómicos, enriquecidos con materiales como el titanium o la fibra de carbono, para hacerlas ultraligeras, con amortiguadores y menor resistencia al viento y la absorción del impacto de golpes, piedras, animales, y otras cuentan incluso con batería de litio-ion de polímero, recargable a pedalazo limpio para ser utiilizada por un motor eléctrico, ¡arroooz!

Para fortuna de los ciclistas, el gobierno defeño repartió gratis 10 mil chalecos para evitar accidentes, como parte de la campaña “Hazte bicible”; así, los conductores de automotores no saldrán ya con batea de babas para alegar que no ven a los aprendices de suicida.

Ojalá pronto el gobierno capitalino y demás entidades incrementen las ciclopistas y establezcan talleres móviles, que brinden asistencia al ciclista con reparaciones relámpago y oferta de refacciones. Porque ciclistas somos y pedaleando andamos, no solo en domingo. Los riesgos abundan: conductores, baches, atarjeas destapadas, rejillas donde la llanta puede encallar, portezuelas que de súbito abren, tubos de escape que vomitan humos y vapores directo a la nariz…

Aún abundan los que andan por ahí ejerciendo oficios a pedalazo limpio: el velador del barrio, el repartidor de pinturas, el tianguista, el vendedor de tamales y atole. Mejor aquí la dejamos: hay que ir a pedalearle a la vida, pasarse sus altos, esquivar hoyancos y topes, meterle velocidad, bajarle cuando es debido y por qué no: gozarla intentando cabriolas y otras acrobacias...
*Escritor. Cronista de ‘Neza’.

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