1.10.14

Tan bien que íbamos

 por Diego Petersen/El informador

Cuando algo sale súbitamente mal, los tapatíos solemos decir, absurdamente, “tan bien que íbamos” (la expresión tapatía es realidad “tam bien quíbamos, pero la ortodoxia es la ortodoxia). Lo absurdo radica en pensar que todo iba bien hasta que súbitamente algo salió mal y no, como es en realidad, que cuando algo sale mal es porque no se hizo bien desde el principio.

En el transporte público todo parecía ir muy bien, sobre un plan bien trazado, cuando “de repente” nos dimos cuenta que los camiones siguen jugando carreritas, que el número de muertes por el transporte no sólo no baja sino que se incrementa, que las famosas rutas empresa son de saliva y que las condiciones laborales de los choferes no sólo no han cambiado sino que siguen ganando por porcentaje de pasaje, por eso tienen que pelear el pasaje. Bueno, ni siquiera la “ruta modelo” se comporta como debe. Por si esto fuera poco, al Gobierno se le viene encima la presión de los transportistas de aumento al pasaje y hay demasiadas manos metidas en esa sopa: por un lado el secretario de Finanzas, que trae las bicis y el Trolebús, por el otro los de Salud y Trabajo apretando a los choferes a su manera y antojo, y el de Movilidad que, pasó del protagonismo a la ausencia absoluta, y parece haber perdido la rectoría del tema.

Como están las cosas no hay manera que el Gobierno del Estado aumente el precio; sería el equivalente a hacerse un harakiri sobre ruedas. Y sin embargo, mantener la tarifa de seis pesos es prolongar el círculo vicioso en el que estamos metidos: el servicio es malo porque la tarifa no ajusta y la tarifa no sube porque el servicio es malo.

Pero el problema de fondo, mucho más allá de la tarifa, sigue siendo la estructura de concesión. Es fecha que el Gobierno no puede o no quiere (ambas opciones son igualmente graves) transparentar quiénes son los dueños de los permisos. Podemos apostar que, como con el transporte de pasajeros, sucede algo muy similar con las concesiones de taxis o de mercados, en el que los dueños de las concesiones son políticos o parientes de estos, que lo rentan o seden a un tercero para que lo explote, mismo que a su vez explota a los choferes. Con seis pesos no hay manera de que todos ganen, pero los usuarios no tenemos la culpa y menos aún tenemos por qué pagar por un servicio en el que hay muchos que quieren ganar sin hacer nada, apelando al derecho adquirido. Mientras no se transparente el tema de los verdaderos dueños del transporte le estamos haciendo al tío lolo.

Si de verdad se quiere hacer algo el Gobierno va a tener que cambiar la estrategia. Vamos en la misma ruta que recorrieron los últimos dos gobernadores, Ramírez Acuña y González Márquez, y ninguno de los dos pudo minar ni poquito el poder del pulpo camionero.

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