6.12.14

Cada día: 380 autos más y 18 árboles menos

 por Juan Palomar Verea/El informador

Según informaciones de prensa, la última aparecida en este periódico hace unos días, este es el balance cotidiano de la desigual lucha por aumentar o disminuir el bióxido de carbono en la atmósfera tapatía.

La pérdida del arbolado reportada corresponde a cifras oficiales. La cifra real debe ser escandalosamente mayor, dada la destrucción forestal que los habitantes de Guadalajara podemos comprobar en los recorridos diarios. Un indicador: siete de cada diez solicitudes de derribo son rechazadas por Parques y Jardines: ¿cuántos de esos ejemplares de todos modos son eliminados “por la libre”?

Mientras tanto, la calidad de la atmósfera respirable sigue a la baja. 380 nuevos autos diarios son casi 140 mil al año: ¿Cuántas nuevas toneladas de contaminación se agregan así cada día? Y sin embargo, no tenemos una política efectiva para abatir estos índices que atentan directamente contra la salud pública de manera sistemática y creciente.

La adicción de la población de esta ciudad por el coche parece no tener límites. Bien se sabe que mientras mantengamos, a ciencia y paciencia de autoridades y población, el desastroso sistema de transporte público que padecemos, miles y miles de personas seguirán en su objetivo de contar con un vehículo de motor particular con tal de no someterse día a día a semejante atrocidad. Pero la cosa no para ahí: los camiones que circulan lo hacen dejando a su paso una humareda escandalosa. Además, para agravar las cosas, ni siquiera se obliga a las unidades a instalar tubos de escape hasta la parte alta de la carrocería, con lo que van por todas partes fumigando parejo a peatones, ciclistas y automovilistas. Alguna vez se tomó esta medida ¿cuándo y por qué dejó de aplicarse?

Pero en fin, el otro lado de la moneda es el del combate frontal que mantiene mucha gente contra el arbolado. Para esas personas, no faltan “razones” para, a la primera oportunidad, buscar eliminar a los beneméritos vegetales. Visiones particulares, egoístas y que, además, a los primeros que perjudican es a ellos mismos. Que si “echan basura”, que si impiden la visibilidad de su tienda, o de su anuncio –“espectacular” o no-, que si levantan la banqueta o “pueden” tapar los tubos de drenaje, que si a lo mejor se les caen encima… los pretextos no faltan.

Falta todavía mucho para que una gran proporción de vecinos logren concebir la existencia del árbol que está en su banqueta (y que por supuesto no es suyo, sino de todos) como una parte orgánica e integral del conjunto vegetal que hace habitable a la ciudad. Tres árboles sucesivos de conocida calle, por poner un ejemplo, sufrieron casi simultáneos ataques “vecinales”. El primero fue inadecuadamente podado para “dar vista” a un local y se secó. El segundo recibió insistentes requerimientos –afortunadamente ignorados- para ser prácticamente eliminado por “basuriento”. El tercero estuvo a punto de ser talado para dar paso a un cajón de estacionamiento de cemento; fue necesaria la intervención de la policía para evitar el destrozo. Y este es solamente un ejemplo de los miles de casos que suceden. Otro: un atento señor escribe para reportar el riesgo de que un gran y antiguo laurel, ubicado en la Colonia Moderna, por la calle de España a la altura de los números que van de1850 al 1900, sea destruido siguiendo la voluntad del enésimo vecino desaprensivo.

Más coches, menos árboles, peor aire para todos y mayor fealdad para repartirnos: desde hace mucho es tiempo de cambiar esta situación.

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