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¡Yo sólo quiero que me respetes en la calle!


Las campañas de cultura vial deben hacer especial énfasis en los conductores del transporte público

Felipe Reyes/masGDL

La falsa idea de que la calle es territorio exclusivo de los vehículos motorizados y que debe servir a la velocidad se arraigó durante las décadas de la modernidad y de la planeación centrada en el uso del automóvil. Ahora, crear políticas públicas orientadas a recuperar nuestras ciudades y a devolverle características de escala humana y orientada a la sustentabilidad, enfrenta la percepción equivocada de sectores poblacionales con menor acceso educativo y con mayor fragilidad económica y el consecuente temor a los cambios bruscos de hábitos.


En un video que se viralizó masivamente en días pasados, un usuario de bicicleta resulta verbalmente agredido por un histérico conductor del transporte público que ante el argumento de “yo sólo quiero que me respetes en la calle” insinúa, en una alegata sin pies ni cabeza y llena de vituperios, la supuesta obligación del ciclista de quitarse de la calle para que él pueda circular. Este conductor, como muchísimos otros, además de ignorar por completo lo que indica la ley y los derechos de las personas, está obviamente sujeto a una carga excesiva de trabajo y es parte de un sistema de transporte público basado en criterios de competencia y no en calidad del servicio.

Él ya perdió su trabajo. Sólo el hecho de haberse bajado del autobús tripulado amerita las sanciones correspondientes y el despido. Sin embargo, los factores que hicieron posible ese altercado permanecen ahí.
Los conductores del transporte público, un sector que históricamente suele gozar de la protección sindical corporativa, son fundamentales en la percepción que la gente tiene de la movilidad en su ciudad, en la seguridad vial en las calles y en la calidad final con la que el servicio es brindado. Y en ninguno de estos tres rubros logramos una calificación positiva.

Si bien las campañas de cultura vial, en especial ahora que buscamos provocar cambios sensibles a la movilidad de la ciudad, deben ser orientadas a todos los usuarios de las vialidades, se debe hacer énfasis en el sector transportista, ya que nadie duda que presenta las mayores deficiencias. Los choferes de autobuses de servicio público deberían estar expuestos a una constante capacitación en materia de cultura vial.

Por otro lado, la importancia y el poder que ejercen en nuestras vialidades los vehículos del transporte público son motivo suficiente para ejercer un férreo control sobre las personas que los conducen. La certificación para poder conducir una unidad tendría que incluir exámenes no sólo de cultura vial sino también de tipo psicológico, antidoping y físico. Tendría que considerarse delito grave que alguien no certificado conduzca un vehículo de dimensiones mayores.

En tercer lugar, ningún conductor tendría por qué soportar cargas excesivas de trabajo y todos deberían contar con pleno respaldo de sus patrones en cuanto a las prestaciones sociales que la ley obliga. Tendríamos que encontrar la manera de sancionar severamente a aquellos propietarios de camiones que permitan que sus conductores excedan las horas de trabajo razonables y que no se les otorguen condiciones dignas.
Como sociedad no podemos permitirnos el lujo de sostener un sistema que crea energúmenos que poden en riesgo la seguridad de todos.
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