9.1.15

50 años de retraso


El problema fundamental de la movilidad en la ciudad es la sobrepoblación de automóviles. No podemos pretender que todos los viajes al interior de la ciudad se realicen en vehículos privados

Felipe Reyes/mas GDL

Hace unas semanas, con la mayor irresponsabilidad y con un obvio desconocimiento de la problemática, un líder transportista declaró a medios que las políticas que actualmente instrumenta el gobierno del estado en materia de movilidad no motorizada –específicamente en materia de ciclismo urbano- representan un retraso de 50 años en la ciudad.

Lo curioso es que las ciudades más avanzadas en materia de movilidad urbana implementan soluciones similares y en todo el mundo se combate el retrógrada modelo hombre-camión que, aún hoy, muchos transportistas defienden.


El problema fundamental de la movilidad en la ciudad es la sobrepoblación de automóviles. No podemos pretender que todos los viajes al interior de la ciudad se realicen en vehículos privados generando problemáticas que van desde la congestión y el derroche de recursos energéticos hasta ambientales y de seguridad vial.

Minimizar el impacto que genera el exceso de automóviles sólo se puede lograr mejorando significativamente las alternativas de transporte de manera que sean realmente atractivos y eficientes para que la decisión del usuario sea la de sustituir viajes en auto por viajes en transporte público, bicicleta o peatonales.

En el ámbito ciclista esto implica la generación de condiciones preferenciales en todos los casos. La circulación en bici por cualquier calle, al centro del carril o por vías exclusivas, debe estar garantizada por la normativa vigente y promovida con fiereza por un gobierno que tiene la obligación de encontrar fórmulas para transitar a un modelo urbano que nos permita ser lo más funcionales y sustentables posible. No es un asunto a debatir con grupos de interés como los transportistas, es un asunto a resolver que corresponde al bienestar general de la población.

Por otro lado, en el ámbito del transporte público, no se puede perpetuar un modelo que, planteado originalmente como un instrumento social para generar empleo, se ha degenerado al nivel actual en el que pareciera que la razón de ser es la utilidad que provoca al propietario de una unidad y no tiene consideración alguna con el servicio que otorga, que dicho sea de paso, es lo único que podría provocar que el usuario pueda preferir moverse en autobús que en automóvil.

El transporte público actual otorga un servicio tan deficiente, que provoca que el sueño de cualquier usuario sea el de comprar un automóvil para no tener que volver a usarlo nunca más, alimentando la aspiración pro-carro que, de fondo, es la esencia del problema. El modelo hombre-camión sí que nos tiene atorados con 50 años de retraso.

Ya es hora de transformar la visión que tenemos de la ciudad y provocar la integración de rutas en empresas sanas, con choferes responsables, con derechos laborales, que no dependan del pasaje que suben, que sepan respetar a los usuarios de la calle y que faciliten las condiciones para impulsar viajes en bici y peatonales que nos permitan avanzar hacia un mejor futuro.

Los líderes transportistas que no logren adaptarse al futuro deberán desaparecer y ceder el paso a aquellos más innovadores y socialmente responsables que nos permitan ser una mejor ciudad.
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