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Cambiar de hábitos


No podemos ignorar el altísimo riesgo que significa un desabasto y encarecimiento masivo de los recursos energéticos de los que hoy la humanidad depende

Felipe Reyes/mas GDL

Hace algunas décadas las modificaciones de hábitos tomaban mucho tiempo en consolidarse y solían ser fuertemente cuestionadas. La aparición del teléfono y el simple hecho de marcar un número fue un martirio del diablo para una generación, un proceso tan complicado, que requería asesoría de alguien más joven. Hoy, la aparición constante de nuevas tecnologías hace que el cambio sea la constante y nadie lo cuestione. Lo raro sería que los cambios se detuvieran. Todos estamos constantemente obligados mes con mes a actualizar nuestras tecnologías y transformar nuestros hábitos de consumo en torno a ellas.

Hace algunas décadas, radio, televisión, automóvil y electrodomésticos transformaron masivamente la percepción sobre nosotros mismos y arraigaron la idea de progreso como algo digno y loable. Las maquinas habían llegado para hacer nuestra vida más fácil y cómoda; la modernidad separó las tradiciones históricas de prácticamente todas las sociedades occidentales para sustituirlas por aspiraciones vacías de simple progreso. Nadie calculo el destino.


Después vino la cruda emocional, tras renunciar masivamente a las tradiciones historicistas en la modernidad y encontrarnos en un vacío existencial, las sociedades buscaron de maneras artificiales recuperar elementos vinculantes de identidad. Así aparecieron las chocantes palmeras de plástico, los centros comerciales con molduras prefabricadas y los ridículos folclores completamente desvinculados de la gente real.

Pero el cambio de mentalidad más significativo se ha venido dando durante la última década. La evidencia de las crisis ambientales y sociales que ha provocado el espiral tecnológico, ha generado que cuando menos, estemos consientes que no es posible sostener el ritmo de vida –y la comodidad– que la modernidad ofrecía. No podemos quemar millones de barriles de petróleo todos los días para movernos en auto y esperar aire limpio para respirar en nuestras ciudades. No podemos ignorar el altísimo riesgo que significa un desabasto y encarecimiento masivo de los recursos energéticos de los que hoy la humanidad depende.

La modernidad y el progreso han logrado poner a nuestra disposición desde automóviles que se manejan solos, hasta posicionadores satelitales, sistemas de televisión por demanda y estaciones de radio ultra-personalizables que encantan a cualquiera. Pero al mismo, tiempo la modernidad ha puesto en riesgo, en diferentes niveles, la disposición de elementos esenciales para la vida humana como son el aire, el agua, el alimento y los recursos energéticos.

Hoy, más allá de criterios snobs e intelectualistas o de posturas ideológicas, es obvio que tenemos que replantear cada parte de los hábitos de la gente para restablecer equilibrios que garanticen las condiciones para la existencia de la raza humana en el futuro.

La buena noticia es que llevamos un tiempo ya acostumbrados a cambiar de hábitos cada de vez en cuando, solo es cosa de hacerlo de manera inteligente y con un fin común.
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