19.2.15

¿Quién le teme a la bicicleta?

 Juan Palomar Verea/El informador

Como una infección benéfica se van viendo las bicicletas rojas que circulan por algunos rumbos de la ciudad. Las bicicletas son de todos: parece algo obvio, pero es muy importante. Son la manifestación palpable de que la ciudad quiere avanzar en una dirección distinta de la que por más de un siglo siguió con todo empeño: la de la preferencia absoluta para el tráfico motorizado. 

Desde que el primer automóvil llegó a Guadalajara este artefacto se volvió un fetiche intocable, ante el que debían inclinarse todos los haceres urbanos. Las banquetas se hicieron, desde entonces, lo más exiguas posibles: al cabo que la gente puede caminar hasta de lado. Basta analizar una gran mayoría de las calles construidas para darse cuenta de ello: y lo que es más, para darse cuenta de que sus secciones se pueden corregir en beneficio de los vecinos, los peatones y los ciclistas. 

Con inusual, y por cierto con agradecible celeridad, aparecieron también una serie de medidas para apoyar el tráfico en bicicleta. Señalamientos en los pisos de las vialidades, letreros que anuncian la preferencia de las bicicletas, ciclovías formadas con balizamientos y algunos bolardos. Claro que no son medidas perfectas. Las rayas y señales sobre el suelo ya se están borrando, casi nadie entiende el sentido de unas franjas achuradas sobre algunas calles, la ciclovía de La Paz es bastante extraña. No le hace: el fondo del tema es abrir el camino para que los que manejan vehículos de motor se den cuenta de que la bicicleta tiene el mismo derecho que ellos para circular por la red vial. Y que se deben aprender el respeto, la tolerancia, la precaución. 

Junto con la implantación de la nueva red de bicicletas es natural que se susciten reacciones. La mayor parte de la gente, sobre todo los jóvenes, la han acogido con entusiasmo. Otros sectores no parecen estar muy contentos: los camioneros se sienten amenazados en su inveterada costumbre de disponer de las calles a su antojo, los taxistas también están molestos por una eventual amenaza a su mercado y por lo que en el caso de algunos ven como un demérito de sus dominios callejeros, algunos comerciantes se enojan por que “les quitan” cajones de estacionamiento. Ni modo, se aguantan y aprenden. Así es la convivencia urbana. 

Otras voces se quejan de que la red de bicis y bicipuertos no cubra más que un pedazo de la ciudad. Otra obviedad: por algún lado hay que empezar. Ya se anuncia otra red en el ámbito del casco viejo de Zapopan. Se debería continuar con otras redes en el oriente de la ciudad, y etcétera. Falta mucho por mejorar y por hacer: pero así se avanza. La quejumbre estéril (repitiendo: estéril), como bien lo hemos aprendido, para lo único que sirve es para perpetuar un estado de cosas que beneficia siempre a una minoría. Y para hacer que los quejumbrosos se sientan superiores y más listos. 

Por lo pronto, como ha sucedido en París, en México y otras ciudades, el flujo de bicicletas públicas es una señal de salud urbana, es una herramienta de civilidad, es una alternativa ante una vialidad que, dominada aplastantemente por el tráfico motorizado, ha ejercido durante demasiado tiempo una tiranía que perjudica muy gravemente a la ciudad y a sus habitantes. Bienvenidas las bicicletas y sus consecuencias.

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