15.5.15

Transformar nuestras ciudades


Falta mucho por hacer para acercarnos a las ciudades democráticas e igualitarias que soñamos
Felipe Reyes/mas GDL

No deberíamos reducir a la ciudad al espacio físico que alberga nuestras vidas, eso sería parcial. La ciudad implica a sus habitantes, sin habitantes no hay ciudad posible. Lo correcto sería definir a la ciudad como la serie de interrelaciones entre la sociedad que alberga y el espacio físico construido. Esa serie de interrelaciones sociales son las que en realidad producen el espacio tangible. Y viceversa: el espacio físico construido delimita y condiciona la manera en que nos relacionamos e interactuamos socialmente.


Transformar nuestras ciudades; por unas que favorezcan condiciones de equidad, que propicien el diálogo democrático y la pertenencia, que permitan la vida comunitaria, que otorguen seguridad a sus habitantes y que cuiden su propia sustentabilidad; pasa necesariamente por la transformación de las dos partes.

Por entorno social tendríamos que entender todo aquello que nos vincula a unos con otros: nuestras relaciones comerciales y hábitos de consumo, las aspiraciones de los habitantes urbanos, la manera en que nos comunicamos, las cosas que nos divierten y dan sentido a nuestras vidas, y claro, la manera en que tomamos decisiones grupales y cómo interactuamos con cada decisión.

Transformar esta parte implica una revisión minuciosa de, desde nuestra forma de gobierno, del sistema económico en el que estamos inmersos, de nuestros hábitos –tan tendientes a la búsqueda constante e insostenible de confort- hasta la manera en que dialogamos con el vecino.

El espacio físico que construimos, es otra historia. La edificación de la ciudad pasa necesariamente por una serie de filtros y círculos de poder, que permiten o no, que las transformaciones físicas se conviertan en realidad. Y una edificación inteligente puede propiciar significativamente las transformaciones sociales paulatinas que ciudades como las nuestras requieren para el futuro. Pero es imposible desconectar la edificación de su entorno social.

Poco a poco centenas de personas en el país hemos venido construyendo una idea clara de las ciudades que quisiéramos habitar en el futuro. Sin embargo falta mucho por hacer para acercarnos a las ciudades democráticas e igualitarias que soñamos y prevalecen formas de autoritarismo y dogmas en la manera en que nos interrelacionamos; también se debe reconocer que estamos cerca de concretar transformaciones físicas que le permitan a la ciudad recuperar vínculos sociales naturales que la propicien.

No es poca cosa.

El futuro de nuestras ciudades depende de lo que hoy logremos acordar y de la manera en que decidamos canalizar nuestras energías, conformando una estrategia colectiva e incluyente que distinga, con claridad y más allá de filias y fobias, lo posible.
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