5.6.15

Una lección urbana


El progreso ha convertido al problema ajeno en algo distante y al extraño en un ser con problemas invisibles para la mayoría
Felipe Reyes/mas GDL


Si bien las ciudades se formaron por la necesidad humana de crear comunidad y lograr anteponerse colectivamente de manera más eficiente a los peligros y necesidades que nuestra especie enfrenta creando civilización y cultura, la realidad es que la aceleración de las últimas décadas, la escala desbordada y una serie de matices ideológicos y valores individualistas han limitado la capacidad de los conglomerados urbanos para proveer a sus habitantes de muchos de los satisfactores esenciales.

Claro que la integración urbana facilita que los satisfactores de tipo material se distribuyan más eficientemente. La ciudad permite sostener servicios públicos, distribución de alimentos y techo para las mayorías, la ciudad permite condiciones económicas para generar empleos y desarrollo. No por nada la inmensa mayoría de la humanidad vive en ciudades y la tendencia es que cada día el porcentaje de habitantes urbanos aumentará y las ciudades intentarán incrementar sus densidades poblacionales en busca de cada vez mayor eficiencia.


Pero quizá el factor de mayor importancia que los núcleos urbanos tendrán que proveer a sus habitantes y del que apenas se empieza a hablar entre los especialistas en ciudades es el factor felicidad. ¿Puede la ciudad del futuro en medio de todas las problemáticas sociales y de sustentabilidad que enfrenta proveer a sus habitantes de condiciones para la felicidad? La respuesta aun es ambigua, las mediciones de felicidad aún son pobres en su análisis y la data disponible está cargada de interpretaciones intuitivas donde países más pobres siempre resultan con niveles más altos de felicidad que aquellos que han resuelto casi todo. Quizá las carestías y el propósito de resolver problemáticas sea un proveedor de felicidad que aún no entendemos bien.

Ayer, sentado en una banca en el centro de Zapopan una señora de la tercera edad –unos 85 años– con pocos dientes, bastón y dificultad para caminar, se me acercó sólo para preguntarme: ¿por qué estás triste? No estés, la vida es hermosa, cualquier problema que tengas, se resuelve pero necesitas no estar triste. La señora logró sacarme una sonrisa. Pertenece a una generación ajena a los vicios de las nuestras y de antes de la imposición de la modernidad y el progreso.

Es cierto que las condiciones físicas del espacio público determinan gran parte de la manera en que nos relacionamos unos con otros y desarrollamos vínculos de solidaridad, pero también es cierto que hemos perdido esa ética de la convivencialidad en la que simplemente seríamos francos y solidarios con la necesidad del extraño. El progreso ha convertido al problema ajeno en algo distante y al extraño en un ser con problemas invisibles para la mayoría. Nos hemos ensimismado peligrosamente.

Si bien es importante rescatar el espacio público y recuperar la tradición comunitaria de nuestras ciudades, también es fundamental una gran revolución del pensamiento que devuelva a los habitantes de nuestros núcleos urbanos la solidaridad por el otro.

Imaginemos una ciudad del futuro donde cualquiera se acerca a decirte con franqueza ¿por qué estas triste?No estés. Esa señora podría ser el modelo ético del ciudadano del futuro. Ojalá lo fuera.
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