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Carros y personas, ¿quién maneja a quién?


tráfico
Por: Juan Felipe Cobián* (@juanfe_cobi)/proyectodiez.mx
Fotografía: Emerson Posadas/Flickr
5 de octubre de 2015. En las calles el kilo de fierro se paga mejor que el de la carne y el hueso. Como señala Rubén Martín en su columna publicada en El Informador, “los gobiernos dedican mucho más dinero de nuestros impuestos a buscar vehículos robados que personas desaparecidas”. En las últimas semanas no he leído un dato más escalofriante.

Ahora mismo en la ciudad hay casi dos millones de automóviles. Muchos andan por ahí, conducidos por quién sabe si prudentes o ansiosas manos; otros, reposan el motor aparcados en un sitio diseñado ex profeso; otro puñado, cada vez más abultado, son dejados por sus dueños en un lugar no permitido, amparados por la suerte de que acá un sinfín de prohibiciones resultan anecdóticas.
Estacionarse en esta ciudad se ha vuelto un reto cotidiano. No podría ser de otro modo, si recordamos que más de trescientos automotores se suman cada día al parque vehicular. Tan sobrados de carros estamos que se ha vuelto común encontrarse con coches aparcados plácidamente en lugares insólitos, como la banqueta o el camellón. Pero, ¿cómo disuadir de comprarse un coche a quien puede hacerlo? Atenerse a la eficacia del transporte público para ir y venir equivale a confiar en que la moneda caiga siempre por el mismo lado.
Por eso, estamos entilichados de láminas, esos ocho metros cuadrados rodantes nos llevan y traen, pero también nos roban espacio. No son en la actualidad los robots los que -creados para servirnos- amenazan nuestra salud y libre tránsito, oh paradoja, como lo pronosticaron autores de ciencia ficción, sino el exceso de automóviles manejados por los humanos (podría discutirse quién maneja a quién).
Para resolver este asunto no ayuda el hábito de caminar lo menos posible. Me consta que el tapatío promedio, por pereza o superstición, no queda conforme cuando no es capaz de acomodar su vehículo a menos de veinte pasos de su destino. Esta manía ocasiona amontonamientos de vehículos en miles de puntos de la ciudad y da trabajo constante a los conocidos como franeleros, personajes especializados en inventar cajones de estacionamiento a cambio de algunos pesos; a ellos no sabría si llamarlos buenos samaritanos, agudos emprendedores u oportunistas.
En medio de este caos, menos mal que existen planicies de distintas dimensiones para guardar los coches, pero eso entraña otro problema: la asfaltización del paisaje. El frente de miles de locales en la ciudad, así como decenas de estacionamientos de supermercados, son puro cemento, sin rastro de vegetación. Quizás exista una cofradía secreta: Honorables Empresas Constructoras de Estacionamientos Similarmente Feos.
Por fortuna, ya se escuchan voces que se enfrentan al imperio del automóvil. A contracorriente, con las manos puestas no en el volante sino en la inteligencia, el colectivo Ortopedia Urbana ha convertido un lote baldío en una suerte de estacionamiento para seres humanos en el barrio Capilla de Jesús. Se pretende que ahí los vecinos, desnudos de metal, se encuentren, diviertan e involucren en distintas actividades creativas.
Por desgracia, mientras iniciativas con este grado de cordura no se vuelvan comunes, al andar por la ciudad seguirá valiendo más apellidarse Nissan o Audi que Pérez o González.
* Juan Felipe Cobián es académico en la Universidad de Guadalajara.

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