8.1.16

La resurreción


Felipe Reyes/más x más.- Si bien prácticamente todas las ciudades del mundo han sufrido deterioros significativos desde que se permitió el tránsito de automóviles en sus calles, en algunas hubo un cierto rechazo desde el principio. Muchas ciudades europeas solo incorporaron la movilidad en auto tras las destrucciones de segunda guerra mundial y otras establecieron límites, permitiendo conservar su vida cívica, sus rasgos de identidad y el intercambio de ideas e innovación.

No es el caso de Guadalajara. Inocentemente nuestra ciudad compró, sin moderación, las ideas de progreso fácil que a mediados del siglo pasado vendían las empresas petroleras y productoras de automóviles. En una época profundamente aspiracionista, se creía que el futuro dependía de que todos los ciudadanos tuvieran un auto propio; símbolo de status, no solo individual, sino emblema de una sociedad moderna y desarrollada.


Sin piedad, y con una alta aceptación social, Guadalajara ejecutó su propia crucifixión. Centenas de fincas con valor patrimonial, claves para la construcción de una identidad urbana, fueron demolidas para dar paso a los primeros ejes que permitirían el flujo constante e imparable de automóviles. La avenida Juárez de oriente a poniente, donde se celebró rancheramente el movimiento del edificio menos valioso en términos patrimoniales. Pero en especial, la avenida Alcalde, como eje principal de norte a sur, que aniquiló gran parte de nuestro pasado y disminuyó la calidad de los espacios públicos icónicos cediendo ante un tráfico descontrolado y centenas de camiones urbanos provocando inseguridad, poca accesibilidad, ruido, aire sucio, deterioro y una pésima imagen urbana poco atractiva para vivir o para atraer inversiones.

Alcalde fue el inicio del fin. El balazo en el pie que la ciudad se dio a sí misma se reprodujo después en todas partes: Federalismo, la Calzada, Hidalgo y un etcétera que continuó por décadas en que la ciudad decidió ir perdiendo espacios utilizables; edificios históricos, áreas verdes y plazas públicas; para ceder y estimular el creciente tráfico vehicular.

Hoy, con conocimientos y experiencias nuevas, la idea de ciudad es completamente opuesta. Recuperar la ciudad, su posibilidad de futuro y la calidad de vida que ofrece, implica renunciar paulatinamente al automóvil y recuperar el espacio público.

La avenida Alcalde; con las intenciones de tranquilización, peatonalización y recuperación espacial que se han anunciado recientemente; ofrece no sólo la posibilidad de albergar un gran proyecto de ciudad que recupere de muchas maneras lo que somos, sino que también tiene un gran peso simbólico que consolidaría los nuevos paradigmas urbanos y que se reproduciría por toda la ciudad durante las próximas décadas. Por eso, no deberíamos permitir soluciones torpes e hipercostosas que permitan y provoquen el flujo de automóviles, aunque sea de manera subterránea.

Si bien Alcalde significó la crucifixión urbana tapatía, también puede significar la resurrección de nuestra ciudad. El futuro depende de que tomemos las decisiones correctas que en efecto reconecten a las personas y desactiven la inmoral preferencia que hemos otorgado a los automóviles.

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