12.2.16

El espacio ganado

Felipe Reyes/masGDL.- Mucho se ha escrito sobre una cierta falsedad en las intenciones de cambios de hábitos individuales para incidir positivamente en nuestro ambiente. Es cierto que desconectar nuestros aparatos eléctricos no cambiará mucho la problemática energética mundial y decidir moverse en bici no terminará con la contaminación atmosférica de nuestras ciudades milagrosamente. Los cambios que debemos hacer en nuestros hábitos solo influirán en nuestra realidad ambiental si se convierten en cambios que hacemos todos, de manera social.
Los esfuerzos personales acaban siendo solo muestras de que el individualismo no se lleva bien con la sustentabilidad a largo plazo y comprueba la necesidad que tenemos de generar acuerdos sociales y obrar en conjunto para construir un futuro que garantice la conservación de los medios naturales que permiten nuestra subsistencia.
Sin embargo, también hay que decir que los esfuerzos personales tienen una utilidad colateral que no debemos desvalorar. Usar la bici, por ejemplo, durante el día a día, se ha venido convirtiendo no solo en una manera eficaz de transportarse que no deja ni huella de carbono, ni contaminación atmosférica; además, el acto individual de decidir moverse en bicicleta acaba convirtiéndose en un ejemplo, primero de que es posible y luego de que es deseable, que paulatinamente va llenando de experiencias al entorno social que, poco a poco, va convenciendo a más personas de usarla y erradicando la idea de que moverse en la ciudad en bici es un acto de extrema radicalidad.
Los últimos diez años han sido de un constante incremento de viajes en bici en prácticamente todas las ciudades grandes mexicanas y aunque aún estamos lejos de que el uso de la bicicleta incida realmente en mejoras ambientales, también es real que la presencia constante de ciclistas en nuestras calles ha provocado un estímulo importante para que gobiernos de todas partes incluyan en sus planes el desarrollo, tanto de infraestructura ciclista, como de políticas públicas orientadas a facilitar y proteger el tránsito en bici.
Es decir, al menos en el tema de la movilidad, el impulso de unos cuantos locos que empezaron a moverse en bicicleta como un acto individual pero siempre expuesto al escrutinio público y difundido apropiadamente, ha venido consolidando una postura común en torno a lo necesario para resolver las problemáticas de movilidad y construir un sistema que, a diferencia del uso de automóviles, pueda perdurar en el tiempo, ya sea con transportación colectiva o con medios no motorizados.
Aún es pronto para cantar victoria, pero todos los vectores apuntan a que en los próximos años veremos una sustancial disminución de los elementos que favorecen el uso de automóviles y un incremento de los medios alternativos de movilidad que a su vez provocarán que más personas a título individual decidan mejorar sus hábitos de movilidad. Es un círculo virtuoso imparable que en unos años será obvio, cuando las generaciones que han venido creciendo entendiendo las razones por las que deberíamos usar con mayor frecuencia la bicicleta, dominen las instituciones y sean los tomadores de decisiones. Ya hoy, en torno al mundo de la bicicleta se ha consolidado todo un sistema de gestión e impulso que incluye a organizaciones civiles, grupos ciclistas, ambientalistas, urbanistas, gobiernos e instituciones educativas.
Puede que aún falte mucho por hacer, pero no hay que dejar de celebrar el espacio ganado.

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