26.2.16

LO QUE PERMITIMOS HACER A LOS AUTOMÓVILES


Felipe Reyes.- Hoy en día, que la modernidad, las tecnologías, el uso abusivo de nuestros recursos energéticos y el alargamiento de las distancias –solo posible por la existencia de automóviles- ha transformado a las ciudades en lugares donde lo que menos hacen los humanos es desplazarse sin motor; caminar o pedalear se han convertido en un acto transformador que implica el re-conocimiento de nuestro espacio y de nuestras capacidades físicas y sensibles.

Los barrios han ido perdiendo poco a poco las condiciones para desplazarse en medios no motorizados y al mismo tiempo sus espacios públicos han perdido su capacidad para generar encuentros y vida urbana y social, colaborando significativamente a la desintegración de la comunidad, la consecuente pérdida de seguridad en nuestras calles y el deterioro de la posibilidad de consolidar una democracia de calidad.
La infraestructura peatonal suele deteriorarse ya que pocos la reclaman. Paulatinamente se fue incrementando la permisividad con la que toleramos que automóviles y otros vehículos invadan las escasas zonas peatonales de la ciudad.
La aparición del automóvil en las ciudades no solo transformó físicamente todo el espacio público sino que además cambió lo que creemos que es justo y lo que no. El auto impuso sus normas y hoy pareciera que al crear normas para promover otros transportes tendríamos que tomar las suyas como si estas fueran universales. Y no lo son. Al usuario de una bicicleta o al peatón, no se le tendría porqué imponer ninguna obligación que responda a cuidarse de la peligrosidad que en la calle provocan los carros.
Esto es fundamental en el desarrollo de una política de movilidad ya que una visión antigua –pro-automóviles- derivaría en reglamentar, emplacar y sancionar a usuarios de bicicletas o peatones; mientras que una visión más entendida –pro movilidad sustentable- buscará endurecer la expedición de licencias de conducir y reducir los privilegios legales del automóvil en la vía pública, como podría ser, entre muchas otras, la deseable prohibición de la anticuada vuelta continua a la derecha.
¿En qué momento decidimos que la calle no podría ser utilizada por gente a pie? Ahora resulta que es obligación del peatón cruzar estrictamente por las esquinas incluso en calles secundarias y ser responsable y precavido de no ser atropellado por un automóvil. No es. La responsabilidad es de quien conduce el automóvil al ser quien genera la peligrosidad en la calle.
Ya es hora que cambiemos la lógica y derrotemos los criterios que invariablemente ponen al tránsito de automóviles como medida de todas las cosas y que creamos que en el diseño de infraestructura vial de la ciudad debamos otorgar prioridad o respetar, sobre todas las cosas, al flujo de carros.
Debemos empezar a entender a los puentes peatonales como un equipamiento para autos destinado a quitar de en medio a los peatones -los humanos del futuro no podrán entender cómo es que creamos esta infraestructura discriminatoria- complicando tanto el simple cruce de una calle. Los cruces deben ser pensados para favorecer estrictamente el cruce de peatones y no el radio de giro amplio que permite a automóviles dar la vuelta con velocidad. La superficie vial existente debe abrirse a la ampliación de espacios para todos, de vías ciclistas y carriles de transporte público exclusivo y debe buscar limitar lo que los autos pueden hacer en nuestros espacios públicos.
El futuro depende de que encontremos fórmulas para reconectar a las personas en nuestras ciudades y esto solo es posible limitando significativamente lo que permitimos hacer a los automóviles.

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Episodio 1 / IRENE, Bicicleta Blanca