29.3.16

El tráfico somos todos


Por Enrique Toussaint toussaintenrique@gmail.com

El informador

Excusas para usar el auto, sobran. “Si hubiera una transporte público de calidad, ni siquiera utilizaría mi auto”; “Andar en bici en Guadalajara es muy peligroso”; “Ni modo de llegar sudado a mis reuniones de trabajo”; “¿Cómo vas a empezar una familia sin un auto?”; “las distancias son muy largas como para depender de la bici”; “Tengo poco tiempo y necesito el coche”. Son argumentos que repito a diario, sin darme cuenta que son sólo bonitas frases que sirven para esquivar nuestra responsabilidad individual. Esa renuncia la vemos con claridad cuando inicia una conversación con la típica frase: “el tráfico está de la…patada”. Como si el tráfico fuera un problema ajeno a nosotros, como si fuera una confabulación de los astros para evitar que lleguemos a tiempos a nuestros compromisos. No lo asumimos, el tráfico somos todos. Usted y yo.

Le podemos endilgar al Gobierno todos los problemas. Son pésimos para planear obras y peor para ejecutarlas. Guadalajara se encuentra extraviada, en materia de planeación, al menos desde la década de los setenta. Y siempre es cómodo, al estar esperando a que avancen los autos en los pasos a desnivel de López Mateos, decir: ¡Qué pésimo gobierno tenemos! ¡En qué momento se jodió Guadalajara! Sería un poquito más honesto reprocharnos: “¿En qué momento jodimos a Guadalajara?”.
Entiendo que el tráfico es un problema que los economistas llaman de “acción colectiva”. Es decir, sabemos que si nosotros dejamos el auto en nuestra casa no resolveremos el problema. Pero, si todos dejáramos el auto en nuestra casa al menos una vez al día, las principales arterias de la ciudad tendrían un respiro. Usted y yo sabemos que lo que más nos conviene es una ciudad compacta, en donde los traslados no requieran de auto, y que los servicios estén a la mano. Sin embargo, a pesar de tener la certeza de que eso nos conviene, los gobiernos y los ciudadanos hacemos todo lo contrario. Los incentivos no están puestos para que dejemos el auto, pero los ciudadanos somos más que robots que responden a incentivos.
Copenhague no se hizo en un día. Esa hermosa ciudad danesa, de poco más de dos millones de personas, en donde la mitad de los traslados se hacen en bicicleta y pronto será la primera ciudad del mundo con emisiones de carbón cero, necesitó de tres décadas para consolidar lo que hoy es. No necesitó ni de city managers ni de otras ocurrencias, que les escuchamos a políticos en Jalisco. La crisis petrolera de la década de los setenta, y el hecho de ser una pequeña península que se une al Norte de Europa lo que la hace particularmente vulnerable al cambio climático, provocó que los ciudadanos exigieran un nuevo modelo de ciudad. A partir de ahí, los políticos no tuvieron otra que obedecer, al punto que hoy en día 90% de las fuerzas parlamentarias apoyan el proyecto de Copenhague como “Ciudad Verde”, desde el centro-derecha, pasando por la social democracia y hasta la nueva izquierda europea. La exigencia ciudadana rompió el vicio de acción colectiva que impedía los cambios en la ciudad, permitiendo así la construcción de un consenso que dura hasta nuestros días. El danés dejó de poner excusas y asumió su responsabilidad como parte central del problema.
Los políticos suelen dar lo que los ciudadanos piden. Los gobiernos del PAN en Jalisco fueron desastrosos en este sentido: se gastaron, particularmente desde el sexenio de Francisco Ramírez Acuña, más de mil 500 millones de pesos en túneles para que los autos llegaran más rápido de un semáforo a otro. Resultado: vías paralizadas, inmovilidad y un transporte público colapsado. Pero no se lo inventaron, mucha gente pedía eso, los desarrolladores inmobiliarios hicieron suyo el crecimiento de la ciudad y los ciudadanos premiaban en las urnas los pasos a desnivel y las grandes avenidas. Nadie pensó en el bienestar colectivo, ni un metro de tren ligero se hizo.
Las bicis no resuelven la movilidad de una Guadalajara de cinco millones de habitantes. No soy iluso. Sin embargo, asumir que el tráfico somos todos es el primer paso para entender que no todo lo hace el Gobierno, y que también podemos tomar decisiones desde nuestro nicho que nos permitirán tener una Guadalajara sustentable. Por eso nos sentimos más cómodos en Semana Santa, hay menos autos en la calle. Son procesos de muchas décadas, no lo niego. Sabemos que estamos construyendo una ciudad que no nos gusta y el cambio puede empezar asumiendo que todos somos el problema.

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