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Felipe Reyes/másGDL.- Durante los últimos días se han escrito en diferentes medios nacionales criticas al desarrollo de infraestructura ciclista y peatonal que viven, de forma mucho más lenta que lo deseable, múltiples ciudades mexicanas.

El principal argumento no es nuevo: las vías ciclistas disminuyen el espacio vial disponible para automóviles, las zonas 30 reducen la velocidad de los carros, las zonas con cruces seguros retiran la prioridad a los autos; y todo esto acaba derivando en congestión vehicular, que hace que los viajes en automóvil sean más lentos, por lo tanto de mayor duración y consecuentemente emitan mayor cantidad de contaminantes atmosféricos. Esto es cierto, pero parcialmente.

 
Desde la lógica simplista de la ingeniería de tránsito y con visiones ambientalistas de hace cuatro décadas, deberíamos hacer más eficiente cada cruce y garantizar el libre flujo de automóviles evitando que tengan que detenerse y disminuyan su eficiencia energética, ciertamente contaminando un poco menos. Lo que esta visión, meramente matemática, ignora, es el componente social. Lo que hacemos con la infraestructura de nuestras ciudades –y las políticas en torno a dicha infraestructura- induce directamente a uno u otro comportamiento de la gente.
Pondré por ejemplo a la ciudad de Guadalajara, durante las últimas tres décadas se han invertido en el área metropolitana al menos 25 mil millones de pesos justamente en buscar liberar, al máximo posible, el tránsito automotor. Al menos en 80 cruces de calles y avenidas se han construido pasos a desnivel para vehículos y puentes peatonales; y se han consolidado corredores prácticamente sin semáforos, ni parada alguna, a lo largo de toda la ciudad. El análisis matemático debió arrojar que estos corredores deberían agilizar el tráfico a un nivel tal, que disminuiría la contaminación atmosférica al menos un 15 por ciento o algo así.
El problema es que por décadas se ignoró el comportamiento social que la infraestructura provocaría. Durante las mismas tres décadas, y ante la constante aparición de nueva infraestructura para automóviles, lo que los habitantes de la ciudad hicieron fue, lógicamente, comprar un auto. Claro que inciden factores económicos y de otro tipo, pero el fenómeno de la inducción de tráfico está plenamente demostrado en ciudades ricas y pobres, lo sufre igual Sao Paulo en Brasil que Nueva Delhi en India o El Cairo en Egipto. Guadalajara pasó de tener en sus calles 300 mil automóviles y 3 millones de habitantes en 1985 a tener 2 millones de autos y 4 millones 400 mil habitantes en 2015.
La agilización del tráfico que supuestamente traería grandes beneficios ambientales acabo multiplicando exponencialmente el problema ya que ahora no solo hay que lidiar con el incremento incontrolable del parque vehicular, sino que la cantidad ha rebasado las capacidades existentes y la congestión ha aumentado aún más, incrementando las emisiones por vehículo y disminuyendo la velocidad a la que la gente se desplaza de un lugar a otro.
Debemos entender que lo que hacemos en las ciudades provoca comportamientos, nadie circula por una calle que no existe hasta que existe, y de seguir haciendo puentes y túneles vehiculares seguiremos induciendo a que aparezcan más automóviles hasta que en nuestras calles simplemente se detenga el flujo, como ya sucede en algunos puntos en horarios específicos.
Las infraestructuras ciclistas y peatonales así como el transporte público de calidad también inducen a comportamientos sociales. Es absolutamente injusto que se juzgue, aquí o en China, alguna ciclovía solo porque la usan “unos cuantos” ciclistas, tras prácticamente medio siglo de diseños urbanos que han tratado de extinguir todo sistema de movilidad que no sea un automóvil.
Consolidar redes que permitan eficientemente transportarse a bordo de una bici a cualquier persona y a cualquier lugar en nuestras ciudades irá, paulatina y constantemente, incrementando el número de viajes en bici; justo como ha ocurrido con todos los demás tipos de infraestructuras.
Además la bici ya es una opción más eficiente en viajes de menos de 6 kilómetros y seguirá mejorando ya que el tráfico con motor no dejará de aumentar, la velocidad de desplazamiento en automóvil seguirá disminuyendo invariablemente y el esfuerzo inútil de mejorarla solo serviría para consumir los, ya de por sí, escasos recursos económicos existentes de cualquier ciudad.
La única salida es la paciencia.

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