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La bicicleta: instrumento para la liberación de las mujeres

Por Guadalupe López García/ www.mujeresnet.info/

"La bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo", afirmó en 1896 la sufragista estadunidense Susan B. Anthony, quien viajó durante años en diversos transportes -entre ellos la bici- para promover el derecho al voto. Es una frase muy conocida cuando se habla de mujeres y ese vehículo, pero desconocida cuando nos referimos a los derechos humanos de las mujeres. 
Andar hoy en bici es algo normal para las mujeres. Claro, con la consabida marca de género: rosas o de colores pastel con canasta al frente. Sin embargo, ese aparato, inventado a principios del siglo XIX demuestra cómo la discriminación de las mujeres en áreas como la política, el ejercicio de la ciudadanía, la educación o la ciencia, se extendía al uso y disfrute de las tecnologías y de aparatos tan inocentes como una bici. 
A finales del siglo XIX, médicos de la época argumentaban que el esfuerzo que realizaban las ciclistas (pedalear) era demasiado para la "frágil constitución femenina"; otros decían que podría afectar sus órganos reproductivos (como se sigue justificando la exclusión de las mujeres en los deportes rudos o de alto rendimiento); una preocupación más era la "estimulación sexual" del roce con el asiento. 
Por eso los fabricantes de la época crearon "asientos higiénicos" y anchos con un espacio abierto en la zona de contacto con los genitales de las mujeres; se inventaron cuadros libres para la caída del vestido, guardafaldas y manubrio alto para mantener posiciones "no provocadoras". Por otro lado, la vestimenta femenina se revolucionó. 
La aparición de la bicicleta tuvo para las mujeres un profundo impacto en la sociedad occidental de la época. Se vivía la lucha por el derecho al voto, entre otras reivindicaciones. Ese instrumento se convirtió en una metáfora del control de las mujeres sobre sus propias vidas y símbolo de la llamada "mujer nueva", que trascendió los papeles tradicionales por la influencia del feminismo. 
Como en todos los espacios, las mujeres también rompieron las barreras de la prohibición moral, basada -como siempre- en la biología. Annie Kopchovsky, conocida como Annie Londonderry, fue la primera mujer en darle la vuelta al mundo en bicicleta, en 1894. "Soy periodista y una 'mujer nueva', si ello significa que creo que puedo hacer cualquier cosa que los hombres pueden hacer. La idea de este viaje me vino a la mente por primera vez cuando supe que se había apostado que ninguna mujer podía darle la vuelta al mundo en bicicleta", escribió un año después. Cuando la Universidad de Cambridge aceptó el ingreso de mujeres, en 1897, los estudiantes colgaron la figura de una mujer en bicicleta en señal de protesta. 
No he visto a mujeres en oficios en los que se requiera una bici (panaderas, vendedoras de tacos de canasta, afiladoras de cuchillos, lecheras, repartidoras de periódicos), pero sí ciclistas mexicanas de gran trayectoria. De tiempos pasados: Carmen "La Popis" Muñiz; de las más recientes: Nancy Contreras, Belém Guerrero -medallista olímpica- o Daniela Gaxiola, entre muchas otras poco conocidas pero brillantes. 
Si en este país bicicletero, como han definido peyorativamente a México (ahora, bananero), no hay apoyo para el ciclismo de hombres, para las mujeres es casi nulo, aunado a otros problemas. Me cuenta mi esposo, quien se dedica a las bicis -a montarlas y a venderlas-, que las fábricas de este vehículo en México prácticamente han desaparecido. 
La mayoría son armadoras, y las del programa de Ecobici, en el DF, son importadas. La participación de las mujeres en esa industria es nula. Eli Acosta es de las pocas en México, acaso la única, que se dedica a fabricar cuadros para bicicletas. 
Del mismo modo, la brecha de desigualdad en el uso de la bici es amplia. En Holanda, el 55% de los viajes por ese medio son hechos por mujeres; en Alemania, el 49%; en cambio, en México apenas son el 10%, aunque el porcentaje de las usuarias de la Ecobici llega a 39%. En el DF existen iniciativas ciudadanas como "Te enseño a andar en bici" y clubes de mujeres para practicar el ciclismo, pero es poco para incentivar su práctica. 
También los prejuicios siguen vivos. En la publicación Manual del ciclista urbano (versión digital, 2011), editado por el Gobierno del DF y otras organizaciones, se lee: "Si eres mujer, es recomendable que matices tu feminidad con la vestimenta o el uso de casco, especialmente de noche", para prevenir un asalto. Vaya sugerencia machista y culposa. 
Peor es la situación actual para otras mujeres en el mundo. La película La bicicleta verde (2012), dirigida por Haifaa Al Mansour -la primera mujer árabe cineasta- e inspirada en su sobrina, relata la historia de Wadjda (título original de la cinta), una niña que vive en Riad, capital de Arabia Saudita, quien quiere una bicicleta verde, un atrevimiento para las mujeres de esa sociedad. 
"La bicicleta no es para las niñas", le dice su amigo; "No podrás tener hijos si te subes a una bici", le advierte su madre; "Una bici no es un juguete de niñas, menos para niñas devotas y educadas que protegen su alma y su honor", le recuerda la directora de su escuela. Aún así, Wadjda insiste en comprar una para ganarle una carrera a su amigo, quien le enseña a manejarla. 
La bicicleta, sin embargo, es un símbolo relevante en la película, pues a través de ella podemos conocer algo de la vida de las mujeres árabes, oprimidas por su religión, su cultura y la sociedad. Incluso, la directora de la película grabó las escenas abiertas en una camioneta para que nadie la pudiera ver [1]
Decidí escribir sobre este tema para el noveno Aniversario de nuestra querida página MujeresNet, y en el marco del Día Internacional de la Mujer (8 de marzo), luego de visitar la exposición La vuelta a la bici, en el museo Franz Mayer, de la Ciudad de México, la cual estará hasta el mes de abril [2]. De ahí retomé la mayor parte de esta información. Recordé, entonces, que la bicicleta está ligada a mi vida por muchas razones. 
Después de unos 55 años de haber iniciado la tradición de viajar en bici del DF a Tulancingo, Oaxaca -tierra de mis padres-, y como parte de las fiestas patronales, una mujer participó por primera vez el año pasado. No le dieron mucha importancia a ese hecho; para mí fue trascendental. 
Alguna ocasión yo quise hacerlo. Mi marido, en aquel tiempo mi novio e integrante del grupo de ciclistas, me iba a entrenar, pero nunca pude superar el terror de las bajadas y las curvas y lo pesado de las subidas; parecía que los pedales estaban trabados. 
La sección dedicada a las mujeres en esa muestra museográfica es mínima, pero es importante conocer esa historia para identificar las distintas formas de discriminación por las que hemos pasado. Ojalá y puedan visitarla, invita la autora de esta columna: una frustrada aspirante de ciclista que prefirió buscar otras vías de emancipación, no menos peligrosas que la de pedalear una bici. 
Notas:

[2] Las imágenes que se presentan son parte de la exposición. 
 

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