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Marco Islas-Espinosa.- Dicen los que saben que la idea de comunidad está más arraigada en las comunidades rurales, entre otras cosas, gracias a la posesión colectiva de la tierra, que genera en los pueblos “estrategias de civilidad” que obligan a los distintos miembros de la comunidad a entenderse y forjar lazos comunitarios.
En la ciudad la idea de la propiedad común suele estar en tensión constante con la propiedad privada y la especulación inmobiliaria. A mayor demanda de habitación y comercio, más difícil se vuelve sostener los espacios públicos comunes. Esto ocasiona que el desarrollo inmobiliario busque terrenos más rentables, que usualmente se encuentran en la periferia de la ciudad, ocasionando su expansión, aumentando los tiempos de traslado de sus habitantes, afectando con ello su calidad de vida.
En cambio, cuando el urbanismo tiende puentes entre distintas realidades y concentra servicios, espacios públicos e infraestructura en núcleos urbanos, fomenta con ella la creación de comunidad. Y con ello la mejora de las condiciones de vida de los pobladores.
“Cuando las personas pueden salir a la calle se genera un fenómeno llamado ‘estrategias de civilidad’, es decir, la gente aprende a convivir con el otro y eso significa respetar independientemente de su situación social, ideológica o su pensamiento político y eso, a su vez, permite que haya más seguridad”, apunta la Dra. Adriana Inés Olivares González, académica del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD) de la UdeG.
La Dra. Olivares González es una de las participantes en el seminario “El derecho a la ciudad: contexto e imaginario de América Latina”, realizado por la UdeG desde el pasado 20 de septiembre y que concluye hoy.
En este seminario expertos analizaron el contexto en el que las ciudades latinoamericanas avanzan en la integración de sus habitantes y cuáles son las implicaciones prácticas de esta corriente de pensamiento que desea integrar a sus habitantes en la toma de decisiones. El procurador de desarrollo urbano de Jalisco, y ex rector de la UdeG, Trinidad Padilla López, aseguró -por ejemplo- que se requiere “de las opiniones de especialistas en múltiples disciplinas para que las propuestas tengan un aterrizaje práctico y las autoridades legislativas y ejecutivas sean capaces de aplicar”.
Un ejemplo de ello es la petición, realizada por especialistas durante el seminario, de generar un “modelo de ciudad caminable”, para contrarrestar el desarrollo inmobiliario descontrolado ocasionado por la especulación inmobiliaria.
“La idea es que la ciudad caminable nos permita hacer nuestras actividades cotidianas, es decir, nuestras actividades de abasto, ocio, de recreación de ejercicio, en nuestro entorno de proximidad”, explica Olivares González, quien también funge como coordinadora del Proyecto Movilidad y Público del CUAAD.
Ciudades feas
Otra queja recurrente del ciudadano es el entorno urbano en sí mismo. La fealdad inherente que el despoblamiento causa en las distintas zonas urbanas sometidas a las tensiones que el crecimiento genera y fomenta.
“El desarrollo urbano descontrolado ha modificado de manera irreversible las condiciones del medio natural y sociodemográfico, así como las formas en que nos relacionamos”, dijo José Morales, SJ, rector del Instituto de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) en la primera conferencia de Trazo, una actividad desarrollada por la carrera de arquitectura de dicho centro de estudios, enfocado este año en el eje Arquitectura-Ciudad-Diseño.
El primer conferencista de Trazo fue Juan Carlos Mansur, que preguntó al auditorio por qué las ciudades siguen siendo tan feas.
Mansur es doctor en filosofía y profesor en el Instituto Tecnológico Autónomo Metropolitano (ITAM), especializado en la búsqueda de la belleza y sus aplicaciones sociológicas y urbanísticas. Un enfoque que no suele estar presente en la planeación urbana.
“Cuando se gesta comunidad, se empieza a generar belleza”, se contestó, para enseguida preguntar: “¿Cómo podemos hacer una sociedad y una ciudad más bella de lo que tenemos hoy?”. Para él las ciudades fomentan dos de los principales obstáculos para generar belleza y comunidad: la acidia y la anhedonia. La acidia como falta de interés y pereza para realizar cambios; y la anhedonia como imposibilidad de experimentar placer por la vida.
“La belleza nos rodea, se da siempre en nuestra vida, no sólo para contemplarse como si estuviera en un museo. Pero para que se dé bien tiene que haber dos factores: estar acompañada de la verdad y la justicia”, se apuró a señalar Mansur.
Para el rector del ITESO es más claro: “No es justo ni humano que las personas habiten ciudades con espacios públicos que dejan de cumplir con su vocación, al no tener las condiciones mínimas necesarias para construir relaciones dignas y armónicas entre ellas y con la naturaleza”.
En algo coinciden los especialistas: la ciudad no se construye sola. Tenemos derecho a la ciudad, a diseñarla, modificarla y vivirla. Pero también tenemos obligación de construirla nosotros mismos.

¿Qué es derecho a la ciudad?
El derecho a la ciudad “se refiere a que los ciudadanos participen en el desarrollo de las ciudades. El término se usó por primera vez en Francia en los años 60, hace ocho años se retomó en Europa y hace tres o cuatro se comenzó a estudiar en Latinoamérica. Lo que pretendemos es tomar en cuenta a todas las personas y hacerlos participar en la toma de decisiones”, dice el Dr. Daniel González Romero, coordinador del seminario “El derecho a la ciudad: contexto e imaginario en América Latina”, realizado en la UdeG.
“El Derecho a la Ciudad amplía el tradicional enfoque sobre la mejora de la calidad de vida de las personas centrado en la vivienda y el barrio hasta abarcar la calidad de vida a escala de ciudad”, dice la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad, promulgada en el Foro Social de las Américas, en Quito, en 2004.

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