'Creo en el cambio'

  • En el tren. La cortesía de asientos no se nota. Foto: Raúl Méndez
  • En el camión. pocas veces los operadores de camiones facilitan el ingreso y descenso de personas con discapacidad. Foto: Raúl Méndez
  • Rampas. El caminar por banquetas, siempre es un reto. Foto: Raúl Méndez
  • En la calle. Como peatones sufren al cruzar. Foto: Raúl Méndez
  • En el tren. La cortesía de asientos no se nota. Foto: Raúl Méndez
  • En el camión. pocas veces los operadores de camiones facilitan el ingreso y descenso de personas con discapacidad. Foto: Raúl Méndez
























César Rubio/Mural
Guadalajara, México(04 diciembre 2016).-Con una sonrisa en el rostro al asegurar que la diferencia inicia con un pequeño cambio, Andrea Flores ve en la poca inclusión, tanto social como estructural, una oportunidad de mejorar Guadalajara.

Andrea tiene 26 años y desde que nació padece de parálisis cerebral, lo que la ha obligado a enfrentarse con situaciones que para otras personas no son complejas, como cruzar la calle, abordar un camión del transporte público o desplazarse a la escuela.

"Sólo una vez en mi vida me pasó en la ruta 30 que el chofer paró el camión, se estacionó, puso el freno, se bajó; me subió, me sentó '¿dónde te vas a bajar?', en tal lugar 'me avisas si no me acuerdo', y siguió su camino", relató.

"Le dije: ya, aquí es. Se estacionó, paró el camión y me bajó; no importa que no cambien los camiones, si el chofer se educa y tiene la paciencia de dar un buen servicio, todo cambia".

La joven consideró que el factor de cambio, al menos en el transporte masivo, empieza por la preparación de los conductores.

"Por el mismo sistema que traen tiempo, pues no tienen la paciencia de ayudarme, si ellos me ayudaran pues me subo y me bajo más fácil, pero como siempre traen prisa, no se puede", dijo Andrea.

"Apenas me subo, y arrancan, no esperan a que me siente, y pues tengo que buscar quien me acompañe y que tenga tiempo, normalmente es mi mamá, pero eso me sale más caro, porque tengo que pagar mi pasaje más de quien me acompaña".

Ella vive a 400 metros de una estación de la Línea 1 del Tren Ligero, pero para llegar a ésta tiene que rodear porque el concreto de las banquetas no es idóneo y muchas esquinas no tienen rampas.

A esto, se suman las casi nulas consideraciones de otros sujetos de movilidad, como automovilistas, motociclistas, ciclistas e incluso peatones, y le generan un "escenario" imperfecto para la facilidad de su desplazamiento.

"Yo sé que está muy difícil y prácticamente imposible poner todo accesible, pero por algo se empieza", señaló.

Hace unos meses -aproximadamente seis- Andrea pasó de experimentar los déficit de la exclusión a un agente de cambio social, tal y como ella lo cree, pues comenzó a colaborar en cursos de educación vial, donde comparte sus experiencias con infractores para conseguir concientizar a éstos y generar un cambio verdadero.

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