DESABASTO


Felipe Reyes.- Si bien las gasolinas aumentarán su precio a partir de enero y en febrero deberán fluctuar junto al mercado, aun así -y a pesar de la peligrosidad que significa su distribución y de lo nocivo que acaba resultando su consumo- seguirán siendo demasiado baratas y de fácil adquisición.
El desabasto que precede al cambio de régimen rápidamente será sustituido por un incremento masivo de oferta de gasolina que pondrá a competir calidades, octanajes y precios de todo tipo de productores y comercializadores internacionales.
Las nuevas marcas de combustible, además de competir por distribuir en las gasolineras existentes, generarán una presión inmobiliaria y de obtención de licencias y permisos para instalar nuevos centros de distribución de gasolina en todas partes. Entre otras cosas y a pesar de los riesgos que implica, renunciamos a la regulación que siempre había ejercido Pemex, para dar paso al libre mercado y a las laxas regulaciones municipales.
Durante algún tiempo, el libre mercado, nos brindará la fantasía de que el desabasto de gasolina ha terminado y se estabilizarán los precios. La demanda principal de los irremediables consumidores sobre disponibilidad y precio se resolverá incrementando la oferta y la competencia.
Al menos hasta que se pueda.
Si bien es imposible detener una maquinaria que, en Guadalajara, demanda casi 4 millones de litros de gasolina al día para movilizar a los 2 millones 100 mil autos que atascan sus calles todos los días, más los 150,000 que se agregarán este año; también habría que contemplar la alta posibilidad de que simplemente se agote o disminuya el suministro petrolero a nivel global y el desabasto sea real y sin solución previsible, o que la cantidad de automóviles -que ya duplica la capacidad vial de la ciudad- simplemente provoque un atascamiento masivo en el que millones de autos queden estacionados en nuestras calles, o que el aire sobrepase la cantidad de contaminantes que alguien puede respirar.
Bien afinados, durante el 2017, los automóviles privados tapatíos producirían, entre otros contaminantes, 8,500 toneladas de dióxido de carbono cada día: 10 veces más que las industrias y al menos 50 veces más que toda la flotilla de autobuses que conforman el transporte público de la ciudad y que mueven a más o menos la misma cantidad de personas.
El crecimiento del parque vehicular no deja de reducir la velocidad promedio de los automóviles. En horarios pico ya hay zonas de la ciudad con velocidades promedio inferiores a 5 kilómetros por hora y de seguir así podríamos estar cerca de que algunas de las avenidas más importantes de la ciudad se conviertan en enormes estacionamientos por largos periodos.
Y vamos, el petróleo podría escasear repentinamente. O incrementar su costo hasta lo impagable. Ya en 2013, el mundo tuvo la experiencia de una economía soportando el costo de un barril de petróleo a 120 dólares, que sin considerar refinación o impuestos significaría un litro de gasolina a 45 pesos actuales, aproximadamente.
De todos los escenarios posibles, el mejor es disminuir nuestra dependencia en la gasolina. Guadalajara debe, con prisa, crear las alternativas que provoquen que los tapatíos dejen, cada vez más, su auto en casa.

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