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GASOLINA HASTA EN LA SOPA

Vanesa Robles.- El país huele a gasolina y ya es tarde para taparnos la nariz. En México, el petróleo lo mueve todo. Mueve desde la codicia foránea por unos pozos cuya tecnología de extracción se encuentra en el año del caldo, nos dicen, hasta las verduras, el pollo y las reses que le dan sustancia a ese caldo.
En estos días, el principal derivado del petróleo, la gasolina, mueve también el mal humor de miles de mexicanos. Muchos se lamentan del gobierno federal a cargo del priísta Enrique Peña Nieto, quien hace cinco años juró que todo estaría mejor en México. Como si quienes lo precedieron hubieran cumplido esa misma promesa.

Por eso, las protestas, más fuertes en lo virtual que en lo presencial, por el aumento de hasta 20 por ciento en el precio de la gasolina son, más, una forma de catarsis ante el panorama nacional.
Mucha gente está encabronada porque el país no salió como esperaba.

Por el aumento en el precio de la gasolina, que subirá en cascada los precios de todo; por el declive de un peso de por sí ninguneado, que pasó de 16 a casi 21 pesos en los últimos 18 meses, y ha aumentado el precio de todo; por el clima de empobrecimiento y por la inseguridad, que se llevan entre las patas a cientos de inocentes y de los cuales parece que el Estado perdió el control.
Por supuesto, el enojo tiene sus matices. Contra los que protestan por el gasolinazo, en Guadalajara varios promotores de la movilidad en bicicleta insisten en que los conciudadanos deberían mejor bajarse de sus autos motorizados. Este discurso avala en cierta forma el del secretario federal del Medio Ambiente, Rafael Pacchiano, quien ha declarado que el aumento del costo de la gasolina “es una medida eficiente para combatir el cambio climático” y preservar la salud pública.
El secretario Pacchiano, y más sinceros los promotores de la bicicleta, tiene razón. Por ejemplo, apenas un poco más de una tercera parte de los habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG) poseen un vehículo particular; sin embargo, vivimos en una de las metrópolis más motorizadas del continente. El Informe 2014 Calidad del Aire en Jalisco (puede consultarse en goo.gl/HfGQdt), indica que ese año en la entidad había 7.3 millones de habitantes y tres millones de coches. Añade que estos son la principal fuente de contaminación del aire que respiramos todos los días; por encima de los chacuacos de las fábricas y el humo del tabaco. En 2012, la Organización Mundial de la Salud advertía que la contaminación por combustibles fósiles mata, además de generar islas de calor y arrojar a la atmósfera gases de efecto invernadero. Mata por accidentes cerebrovasculares y cánceres de pulmón; sus daños sólo son superados por los de la hipertensión arterial.
Pacchiano y los bicicleteros tienen razón, pero no toda la razón.
El gasolinazo no contribuirá por sí solo contra el calentamiento global. No fue diseñado para eso, en un país cuyas políticas públicas contra el cambio climático se mueven a la velocidad de un caracol bajo el sol ardiente. ¿Alguien conoce y aplica en su vida cotidiana alguna política para evitar que el mundo agarre temperatura? En cambio, el aumento en el precio de la gasolina causará una inflación generalizada.
Ante el gasolinazo, las autoridades que exhiben la falsa bandera ambiental, no dan una opción. En una ZMG, que en realidad es ocho ciudades, no existe un transporte público de calidad: muchos de sus pasajeros piensan que deberían comprarse un coche; no hay ciclorutas suficientes ni adecuadas para que todos puedan hacer trayectos combinados: incluso hay quienes se oponen a las que ya existen. Y no hay generación de empleos bien remunerados para enfrentar la subida en los precios de los productos.
Ese es el problema: al gobierno federal y los diputados que votaron a favor del gasolinazo se les olvidó el plan B. Y por eso, todos estamos jodidos.

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