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LA CAUSA POPULAR




Felipe Reyes.- No veremos pronto a miles de ciudadanos organizando grandes manifestaciones para exigir que se vuelva a implementar el pago de tenencia anual a vehículos automotores. No encontraremos en la ciudadanía argumentos para reincorporar a las finanzas públicas los miles de millones de pesos que en todo el país provenían de este concepto y que sólo cubrían parcialmente el costo de las externalidades que el uso masivo de automóviles genera.
El impuesto sesentero implementado en relación al valor del automóvil fue de los más odiados por la ciudadanía. La tenencia fue derogada en la mayoría de los estados mexicanos y ahora es mucho más barato que hace unos años poseer un automóvil y usarlo. Lo complicado es que los gobiernos sigan pavimentando calles, construyendo nodos viales, pagando nóminas de una policía vial y colocando semáforos.
Quizá sea razonable, la tenencia era un impuesto que se fijaba en relación al valor del automóvil y no las externalidades que genera. Entre ellas el uso abusivo del espacio público. Quizá debió haber sido sustituido por algún impuesto vinculado a su circulación y almacenaje.
Pero tampoco veremos masivos cuestionamientos sobre porqué permitimos que los autos circulen libremente por nuestras calles y usen los espacios de todos para estacionarse en prácticamente todas partes. Hasta ahora no se sabe de un movimiento vecinal que exija a los gobiernos colocar estacionómetros en todos los barrios para que quien haga uso del espacio público pague la rentabilidad que esa porción de terreno -que nos pertenece a todos- produce, para que ese dinero se transforme en algún beneficio colectivo.
El dinero que se pierde en este país al regalar a particulares la rentabilidad de nuestros terrenos a lo largo de todas las calles por un ancho de 2 metros y medio es escandalosamente alto. ¿Dónde está la colectividad enfurecida por semejante derroche de recursos?
Si aproximadamente el 80% del espacio público de las ciudades mexicanas está destinado a la circulación de automóviles ¿Por qué permitimos que lo hagan de manera gratuita? Es decir, que el estado pague y garantice el acceso a la educación o a la salud, que son derechos básicos, y que lo haga con calidad, parece demasiado para muchos, pero, alguna vez nos hemos preguntado ¿por qué otorgamos a los propietarios de automóviles -el sector poblacional más rico del país- el derecho a usar nuestras calles sin retribución alguna? ¿Por qué si aún no logramos cobertura gratuita total en temas tan importantes como la educación o la salud damos por sentado que el uso de nuestras calles debe ser gratis? No parece que habrá una revolución para acabar con estos privilegios.
¿Dónde están los políticos, de todos los partidos políticos, exigiendo alguna tarificación ambiental al uso de automóviles? Es decir, alguna fórmula que implique un mayor costo a los autos menos eficientes y a los que más kilómetros recorren. Porque cada vehículo automotor que circula en nuestras ciudades produce contaminantes que todos respiramos y que nos producen enfermedades. ¿Dónde están los políticos que buscan el bienestar de los ciudadanos cuidando su salud e imponiendo normativas para mitigar los efectos en la salud pública que el uso de automóviles provoca? ¿Cómo es que hasta ahora, en un tema tan importante y que nos afecta a todos, no ha habido una gran marcha nacional para exigir el derecho de los mexicanos a respirar?
Quizá, sólo quizá, la manera más sencilla de contrarrestar las externalidades que los automóviles generan sería estableciendo un impuesto alto a las gasolinas. Nada lograría desincentivar los viajes en vehículo privado de manera tan eficiente y justa.
Quizá, sólo quizá, habría que crear alternativas para moverse en las ciudades como transporte público de calidad y una red ciclista eficiente que permita que cada vez más personas puedan desarrollarse y vivir plenamente sin la dependencia en el uso de automóviles.
Claro que hay que matizar, y agregar los factores de la desconexión entre gobernantes y gobernados y la profunda desconfianza que se ha construido por décadas producto de agravios, corrupción y un sinfín de decepciones; pero aun así, de fondo, es lamentable que miles de personas salgan a la calle a defender a su dios el automóvil. Se me ocurren decenas de razones para protestar mucho más importantes.
Pero parece que la causa popular, la que nos une como sociedad, es la que busca hacer que todo sea gratis para el auto. Nada peor.

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