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No a la ciclovía

Pasó su infancia acompañando a su mamá a hacer las compras al mercado rodante, su compañía no era meramente social, de regreso había que ayudar a cargar y cuidar la despensa en algunos tramos caminando grandes distancias y en otros en unos camiones francamente destartalados.
De niña tuvo una bicicleta viejita que –herramienta de juego– ella y sus amigos usaban en el barrio suponiendo que era un automóvil y que en sus fantasías infantiles transportaba a una familia exitosa, unida y feliz.

Desde la secundaria aprendió a irse sola en autobús a la escuela y siguió haciéndolo durante toda la prepa y parte de la universidad. En esos años vivió la angustia de ser maltratada por los choferes del transporte público, de caerse un par de veces al subir o bajar del camión, de esperar angustiosamente en una parada por horas a que pasara el autobús de la ruta que esperaba y claro, a soportar el acoso de algún usuario vivo y una decena de toqueteos intimidantes.
En cuanto pudo se hizo novia del compañero que tenía un automóvil. El solo hecho de que pasara por ella y le llevara a todas partes lo convertía en el partido ideal. Escapar de la tragedia de tener que depender del transporte público para moverse en la ciudad la elevaba inmediatamente de estatus en el ranking social y le brindaba acceso a un sinfín de experiencias indispensables para escapar del estigma de ser considerada pobre. Aunque eso implicara alinearse a una pareja en franco dominio sobre ella, que hasta le dictaba como debía de vestir.
Poco después fue ganando autonomía y consiguió un trabajo relativamente decente que le permitía comprar sus propias cosas y pagar sus propias cuentas. Ella sabía que siendo disciplinada y habiendo terminado la universidad podía salir de la pobreza y evitar a toda costa volver a caer en el círculo del transporte público.
Tantas veces soñando, al ir arriba de un camión, tener su propio automóvil para no tener que volver a subirse a uno de esos autobuses del demonio jamás.
En cuanto pudo, sacó un crédito para hacerse de su propio automóvil y mando a volar al novio machista. Ahora podía ella sola ir a su trabajo en su automóvil, que aunque económico, era un patrimonio de ella y le otorgaba la libertad y posición social por la que tanto había luchado.
Una vida entera viendo comerciales de automóviles en la televisión y traduciendo la posesión de un carro con el éxito personal y la capacidad para tomar las propias decisiones no podrían estar equivocadas. Ella estaba convirtiéndose en una persona libre.
Tiempo después conoció a su marido, otro luchador que, como ella, había logrado con su propio esfuerzo comprar su primer automóvil y que iba por más. Juntos, sacaron la primera hipoteca para su primer departamentito y más tarde un préstamo para remodelar la casa vieja, en las afueras de la ciudad, que les heredo la abuela.
Su tercer hijo ya termina la universidad y los dos mayores ya tienen sus propios automóviles, con una capacidad de sonido que uno pude saber que van llegando desde que están a una cuadra de la casa. Ellos nunca tuvieron que padecer la maldición de ir a la escuela por su cuenta y; aunque padecen un poco de obesidad y el mayor toma rayando el alcoholismo; han tenido una vida relativamente sin carencias.
Ella aún trabaja, hace una hora y veinte a su trabajo de ida y otro tanto de vuelta. Siempre se queja del insoportable tráfico, más de una vez se ha engarzado en intercambios de ofensas con otros automovilistas, ha chocado tres veces pero sólo una de gravedad, padece estrés, gastritis, insomnio y el carácter le ha desmejorado bastante: siempre está enojada. Piensa que el gobierno es ineficiente al no resolver el problema del tráfico, no entiende porqué, siendo México un país tan rico, no hay un paso a desnivel en cada semáforo para que todos los automóviles puedan fluir apropiadamente.
Ahora, ella y su marido conducen autos caros que –aunque los deben– antes no habría ni siquiera imaginado. Van a misa los domingos. Suelen ser colaborativos en las reuniones vecinales. Representan el sueño tapatío. Sus vecinos los ponen como ejemplo a sus hijos. Son gente de bien, dirían.
Desde hace meses, que se anunció que el  gobierno hará una ciclovía en la avenida a dos cuadras de su casa, se organizan en contra de su construcción, “¿cómo es posible que estos infames gobiernos pretendan quitarle carriles a una avenida ya de por sí congestionada? ¿Esperan que todos andemos en bicicleta o qué?, además, ¡mal planeadas!  Deberían hacerlas en calles secundarias donde no pasa nada o en parques, que para eso están ahí”.
“No a la ciclovía” “Simplemente no y punto”.
Las cosas como son.

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