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El ego del reportero

Nunca ha tratado de buscar verdad alguna. La importancia de vender y obtener atención lleva años conduciéndole a la nota fácil, la que impacta, la irreflexiva. Paradójicamente, asume que su rol es dar voz a la gente de a pie, nada más obtuso. Interpreta las cosas a conveniencia, sin matices, sin información dura de esa que es difícil conseguir.
Desinforma y cree sinceramente que es un iluminado que da voz al pueblo; que la libertad de prensa le da el derecho a reportar –y manipular con cinismo– cualquier información. En el fondo es parte de un sistema autodestructivo y conservador que, antes de reflexionar, prefiere dejar las cosas como están, a pesar de ser insostenibles por mucho tiempo más, a cualquier cambio que provoque mejorías de fondo en la ciudad.
Al final el reporte simple aumenta el rating, y el rating se traduce en negocio, en ventas de publicidad para sus patrones y le garantiza, al menos en el mediano plazo, el empleo. ¿Para qué entonces investigar más y hacer todo el esfuerzo que representa un periodismo serio? Si eso ni vende.

Prefiero creer que le mueve solo el ego y el deseo de darse a conocer, aunque no disfrute del respeto de periodistas serios, y no el dinero fácil de los intereses de la industria automotriz. Pero no sería difícil imaginar que recibiese pagos periódicos de empresarios interesados en mantener la predominancia del uso de automóviles en la ciudad y los consumos que provocan. Desde las grandes agencias automotrices, los grupos distribuidores de gasolina y las grandes constructoras de infraestructura para carros, hasta simples talleres mecánicos, autolavados o traficantes de refacciones.
Pero prefiero creer que es simple ignorancia. Que cada mañana se cree un héroe urbano con una misión en contra del sistema opresor. Que no se da cuenta que su labor acaba beneficiando al círculo vicioso del poder dejando todo exactamente como esta. O que es inconsciente del mercantilismo evidente en sus notas, que se rigen por la oferta y la demanda, y en la creencia absurda de que las decisiones de la ciudad debieran regirse también así.
Cada mañana sale en su motocicleta armado sólo con un micrófono a buscar la nota simple y descontextualizada. La de las hadas que aparecen al fondo de un vaso, las que tengan mucha sangre, las que puedan escandalizar.
Descubrió que las ciclovías podían darle tema sin fondo, que en cada rincón de la ciudad encontraría a alguien enojado por el tráfico y que se podría interpretar, gracias al bajo nivel educativo que padece la sociedad a la que informa, que las ciclovías podrían ser responsables. Ha desarrollado por años la capacidad de preguntar provocando la respuesta. Encontró la manera de construir una mentira a base de repetirla constantemente en la estación de radio que lamentablemente le emplea.
–Oiga señora, señor… ¿ustedes creen que la ciclovía que hicieron aquí está provocando este trafical endemoniado?
–Sí. Deberían quitarlas o hacerlas en otro lado, no están bien planeadas.
–Ahí está. Ya lo dijo la gente, querido radioescucha.
No creo que haya modo que entienda de las necesidades reales de la ciudad, pero carajo, al menos alguien debería darle una preparación básica de periodismo.

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