23.6.17

El pensamiento automovilístico y la ciudad

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx/El Informador

Es necesario regresar en el tiempo y tratar de entender la ruptura mental que el uso del coche de motor provocó en una ciudad como Guadalajara. La posibilidad inédita de una locomoción relativamente autónoma que permitió un acceso muy generalizado a múltiples destinos. Quedó, desde principios del siglo XX, establecido un tácito y muy potente paradigma: había que adaptar la ciudad presente, y la futura, a la condición automovilística, por encima de cualquier otra consideración.

Esta ley no escrita determinó –en demérito de muchos otros aspectos- el rumbo de la ciudad. A partir de una consideración básica: cada individuo llevaba en sí mismo, cumplido o por cumplir, un deseo desde entonces impreso en sus aspiraciones más esenciales: poseer un auto, y a través de esa posesión, obtener la supuesta plena condición de ciudadano, de sujeto acreedor al completo ejercicio de su acción y dominio sobre la urbe.

Décadas de planeación, de medidas citadinas, de múltiples y prolongadas intervenciones urbanas para favorecer el uso del automóvil particular lo fueron confirmando y reforzando: solamente era un habitante de pleno “derecho”, un usufructuario completo de su medio físico, quien fuera capaz de poseer un coche particular y circular en él. Por demás está decir que, de ser una minoría, los aspirantes a tal estatus fueron ampliando su número, y cumpliendo crecientemente de alguna manera su objetivo, hasta los días que corren.

Son innegables las ventajas, en términos ideales, del auto: independencia, accesibilidad, utilidad práctica, comodidad. Pero los términos “ideales”, precisamente, han dejado de serlo hace mucho, si es que alguna vez los hubo.

Durante las mismas décadas del auge automovilístico hubo también otro cambio no expreso pero sí muy contundente en las condiciones del transporte público tapatío: el sistema colectivo de movilidad en realidad se concibió y operó solamente como un preámbulo indeseado al pleno ejercicio de la circulación en la urbe: acceder a la posesión de un auto.

Existe ahora un hecho objetivo, probado: las ciudades no pueden aspirar a funcionar adecuadamente, ni de lejos, persiguiendo el espejismo de que la gran proporción de viajes cotidianos se realicen en coche particular. Resulta una noción que produce los resultados a la vista: alta contaminación, congestionamientos y conflictos constantes, creciente pérdida de tiempos irrecuperables, desgastes humanos y físicos, incosteabilidad general.

En el imaginario de varias generaciones quedó implantada la idea de que entre el individuo y su coche había una relación simbiótica, de estatus, de total dependencia: poseerlo como uno de sus bienes más preciados, tenerlo en el interior de su casa ocupando preciosos metros cuadrados, abordarlo a cualquier hora y cruzar la ciudad bajo cualquier condición, llegar a su destino y estacionarlo a los menos metros posibles del usuario. Las llaves en la bolsa como seña de identidad, de poder, de plena ciudadanía. Una ambulante e ilusoria “continuidad” de los espacios domésticos en los ámbitos públicos.

Las actuales circunstancias urbanas, cada vez más extremas, han roto ese paradigma. Pero la inercia de varias generaciones es poderosa. Afortunadamente, entre las capas jóvenes, entre los ciudadanos más conscientes y lúcidos, existe ya otra mentalidad. Al igual que en múltiples ciudades del contexto internacional, esos crecientes grupos urbanos están descubriendo que la dependencia del auto resulta, en lo social y en lo personal, altamente contraproducente. Y que existen alternativas reales, económicas, multimodales, liberadoras. Alternativas que, en los hechos, generan una mucho mayor habitabilidad urbana, mejor calidad de vida.

jpalomar@informador.com.mx

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