12.7.17

La ciclopista, la consultitis

Por Ivabelle Arroyo ivabelle@gmail.com/El Informador

Me encanta que haya ganado la opción de mantener la ciclovía, no sólo porque soy ciclista, peatón, automovilista, usuaria de transporte público y hasta ocasional motociclista, sino porque este resultado me permite discutir sobre la herramienta de la consulta popular con más libertad que si hubiese ganado el no.

Digamos que no se podrá decir que tengo argumentos contaminados por ser ciclista ardida.

Entonces empecemos por lo primero: ¿se debió hacer la consulta? Sí. Digamos que fue una decisión correcta tomada sobre un camino lleno de errores.

El primer error está en la percepción de los mecanismos de democracia directa, santificados de tal manera entre la opinión pública, que los diputados de Jalisco bajaron las barreras. Kumamoto fue el más feliz, pues esto es consistente con los planteamientos de Wikipolítica.
Derivado de este error, 49 vecinos pudieron arrancar la maquinaria de participación ciudadana y poner en entredicho una obra que impacta a toda la ciudad, no sólo a su calle. Pero eso no es culpa ni de ellos, ni del instituto electoral, ni de su visión sobre el espacio público, ni de su número. El problema es que la ley tiene imprecisiones y la autoridad electoral se vio obligada a nadar en mar de vaguedades. La ley dice, por ejemplo, que la consulta puede ser solicitada por el 0.1 por ciento de los ciudadanos de la zona. Ah caray, ¿la zona son las colonias afectadas? Pues ya qué. La ley manda. Y luego, la ley dice que votarán los habitantes. Ah caray, ¿en general, sin credencial, y hasta los alteños? Pues ya qué, la ley manda. Y la ley excluye temas de seguridad y fiscales pero permite consultas sobre obras. Pues la ley manda y nosotros no debemos decidir si el contenido es justo, loable, banal o no. Que se haga, dijeron los consejeros. E hicieron bien.

Decidieron bien y la hicieron bien: con urnas electrónicas, observadores, debate en redes, sin injerencia notoria de intereses fácticos (no sé, una constructora o un candidato), sin la intervención del sacrosanto y mal portado INE, y con resultados incontrovertidos y rápidos.

Sin embargo, sí hay que discutir el posible abuso de la herramienta. La consulta popular, el plebiscito, la revocación de mandato y otras linduras que se venden como soluciones ciudadanas frente al abuso de la clase política, son herramientas muy peligrosas porque son mecanismos de salvación. Son como el martillo para romper la ventana en un autobús: deben existir, pero no deben usarse a la menor provocación.

Por eso, los diputados deben revisar inmediatamente los agujeros que abrieron con la ley. Tal como está, y aunque no haya sucedido así, un grupo pequeño de ciudadanos afectados puede poner por encima de la colectividad sus intereses sectoriales (o su visión del mundo), pero lo más peligroso de esto es que, en un abrir y cerrar de ojos, no serán ciudadanos enojados, sino poderes fácticos o funcionarios hábiles con capacidad de movilización vecinal.

Qué bueno que se hizo la consulta: nos permitió ver sus riesgos.

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