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De arma, un automóvil

18/08/2017 Felipe Reyes Cafeína urbana/okupo.mx

Desde que aparecieron las primeras organizaciones pro movilidad sustentable en los países del norte de Europa allá por los setenta se ha comparado al automóvil con un arma mortal. De hecho gran parte de los países más avanzados en materia de movilidad han establecido fuertes restricciones al otorgamiento de licencias para conducir, incluyendo exámenes psicológicos y fisiológicos además de altos costos y pruebas realmente estrictas tanto de conducción práctica como de educación y criterios viales.

Las organizaciones ciclistas latinoamericanas han insistido en el tema: hace algunos años en Sao Paulo, Brasil, un automovilista iracundo aceleró su carro sobre un contingente ciclista dejando decenas de heridos atropellados. Este hecho derivó en la organización del foro mundial de la bicicleta que, en las seis emisiones hasta ahora, ha otorgado espacio al debate sobre las normativas para que una persona sea autorizada a conducir, en el espacio público, una caja metálica de alto tonelaje a altas velocidades.

La semana pasada en Charlottesville, Estados Unidos, en medio de una surrealista y alarmante confrontación de manifestaciones, entre personas que proclaman la supremacía blanca y opositores, vimos como un automóvil fue siniestramente utilizado por uno de los racistas para arrollar sin misericordia a un grupo de manifestantes. Las imágenes muestran un cinismo y un odio solo comparable con la imagen de alguien disparando armas de fuego indiscriminadamente sobre una multitud indefensa.

Peor aún, ayer, en pleno día mundial del peatón y en lo que la prensa describe como un atentado terrorista –como si los demás no lo fueran- otro automóvil, esta vez una camioneta van, aceleró sobre los espacios peatonales de Las Ramblas en Barcelona arrollando a la multitud y dejando decenas de heridos y al menos 13 muertos confirmados.

Estos tres casos deberían ser suficientes para entender que quien conduce un automóvil trae entre manos un arma mortal con la que puede amenazar, intimidar y claro, matar.

A pesar de las fuertes sumas de dinero que la industria del automóvil ha gastado para suavizar y desviar mediáticamente el peligro que representa en sí mismo el hecho de que una persona conduzca un automóvil –es común que se acuse al alcohol, a las distracciones, al cansancio y a otras- ya es hora que el mundo se dé cuenta de la similitud entre la conducción de un carro y el uso de, por ejemplo, una arma de fuego.

En la mayoría de los países del mundo –México incluido- obtener una licencia de conducir es un trámite sencillo que casi se otorga a cualquiera y a un muy bajo costo. ¿No deberíamos preocuparnos? Millones de automovilistas circulan a diario por nuestras calles sin que nadie sepa en realidad, si están dispuestos a matar, si pueden controlar un arranque de ira, si tienen las capacidades para hacerlo o si lo hacen bajo el influjo de sustancias tóxicas.

¿Les daríamos licencia para portar un arma de fuego? En Estados Unidos, donde los ciudadanos pueden poseer armas, mueren 7 veces más personas por automóviles que por balas.

El automóvil, con la libertad que le hemos otorgado para que circule en nuestras ciudades y para que sea conducido por cualquiera, es la tercera causa de muerte a nivel mundial y la primera en menores de 30 años. Esto por arriba de enfermedades como el cáncer, de hambrunas y de todas las guerras que ha visto la humanidad en los últimos 60 años.

¿No deberíamos estar buscando fórmulas para restringir, al menos, la emisión masiva de licencias de conducir?

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