22.2.18

¿Qué onda con las bicis?


Juan Palomar/El Informador

A cada automovilista: un ciclista en tránsito le está haciendo a usted un favor personal: le deja más espacio para sus costosas maniobras, para sus amplias contaminaciones auditivas y atmosféricas, para sus frecuentes excesos de velocidad, para sentir agradablemente que usted es el rey de la ciudad. Si cada ciclista anduviera en su coche, su exiguo reino se vería aún más reducido mientras reniega por los embotellamientos que usted mismo produce.

La bicicleta, alguien lo dijo, es uno de los más nobles inventos humanos. Economiza tiempo y esfuerzo, es silenciosa, no emite ninguna contaminación, ocupa la octava parte del espacio de un auto, genera salud en quien la opera, oxigena los tejidos de la ciudad. Y, así, la bicicleta cuenta con una extendida hostilidad entre los automovilistas. Éstos se molestan de que se acote la extensión de sus dominios, que se “angosten” las calles que piensan que son de su propiedad.


No está de más recordar que, en términos absolutos, los automovilistas siguen siendo una minoría ampliamente privilegiada. Han llegado, durante generaciones, a sentirse dueños del cien por ciento de los espacios viales, incluyendo las banquetas. O sea, han sido espacialmente subsidiados a través de décadas por peatones y ciclistas, a un costo exorbitante, incluyendo el de muchas vidas.

La estupidez tapatía ambiental le guarda cierto aprecio a no ser “un pueblo bicicletero”. Muy pocas ciudades en el mundo tienen las ventajas de climatología, topografía general, traza urbana y composición demográfica de Guadalajara. Estos factores propician un uso intensivo de la bicicleta. Y, a pesar de los pesares, este uso se extenderá explosivamente, para general beneficio urbano y humano de una comunidad de más de cinco millones de habitantes.

Resulta, por lo tanto, patético, ridículo y tristemente cómico oír los reclamos de los automovilistas porque se les “confisca” parte de “su” espacio para dar paso a las bicicletas. Un ejemplo concreto: la ciclovía de Avenida México. Otro: la de La Paz. Se sienten seriamente agraviados porque sus cochecitos tienen ahí que ir más despacio. Piensan que tendría que haber centenares de ciclistas pasando por la ciclovía para justificar su establecimiento. Ignoran el hecho de que la reconversión a un modo de transporte más racional lleva un tiempo prudencial, de que es necesario que los posibles usuarios se apropien poco a poco de sus infraestructuras. Por mientras hay que defenderlas con todo.

Es cierto: los ciclistas ni son ni deben considerarse moralmente superiores a nadie. Están obligados a la civilidad, la precaución, la obediencia de las reglas de tránsito. No se trata de una lucha de clases de la movilidad: se trata de una convivencia ordenada y armónica. En el camino, la misma fuerza de las cosas, la pura racionalidad, irá convirtiendo a miles de automovilistas dispendiosos y despistados en nuevos ciclistas, permanentes y eventuales. Cuestión de tiempo y de inteligencia urbana.

jpalomar@informador.com.mx

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